
La marcha del 17A. Del mejor equipo de los últimos 50 años al gobierno de científicos.
Luces y sombras de un país que no puede despegar.

La Argentina que vivimos nos devuelve imágenes que están muy lejos de conformarnos. La actualidad de la democracia nacional atraviesa su momento más tenso de división interna. A diferencia del horizonte que se abría a finales de 2015 con la llegada al poder de un modelo diferente a la alternancia peronista-radical tradicional, el 2020 nos encuentra almorzando la misma cena de ayer. Dicho de otro modo: ya gobernaron los que no lo habían hecho nunca y ante el tembladeral de agosto de 2019 volvimos a los que gobernaron casi siempre. Pero, ¿es el gobierno de Alberto Fernández una reproducción o variante literal del kirchnerismo? Para ser justos, no. El presidente remonta con inusitada naturalidad su pasado nestorista junto a su anticristinismo tardío devenido en la sociedad presidencial del presente. Es, en esencia, una paradoja y de las grandes. De los ocho meses que lleva Alberto en el poder, 5 son de cuarentena. De aquellos días del esperado repunte económico inmediato poco queda, y lo bueno incluso, como el acuerdo por la deuda, queda naufragando en un mar infectado de pandemia, cuarentenas, protocolos y reforma judicial En el medio, la foto de una sociedad dividida, incapaz de acercar posiciones, nos preanuncia más tormentas por proa y muchas deudas, sobre todo sociales, acumuladas por popa. En el terreno de las frivolidades todos vimos a “la rubia del Audi” como símbolo de una marcha multitudinaria, pero tan heterogénea y sensiblemente floja de argumentos, que contenía a quienes reclamaban con consignas confusas, poco depuradas o expresadas desde un activismo contradictorio, junto a una masa mayormente silenciosa que no halla eco ni empatía en el gobierno y que tal vez tenga mucho más y mejor para decir que sus ocasionaales voceros, insólitamente limitados. Por su parte, Alberto es convidador en la abundancia, pero remiso en la escasez. Así como en campaña instaba a salir a la calle, hoy reafirma el “quedate en casa”, más allá de los motivos sanitarios.

No obstante, justo es también reconocerle al presidente su hidalguía para bailar con la más fea.
Si algo no hizo Alberto Fernández fue esconderse o refugiarse en su gabinete, que por otro lado demostró ayudarlo bastante poco. Otros dirigentes de la oposición con “responsabilidades” de gobierno, jugaron como lo hace el gato maula con el mísero ratón: instaron a salir “a por la revolución”, pero se guardaron como los ejércitos de reserva o los “tanques del general Alais”.
Así las cosas, el futuro del país se juega con cartas marcadas por crisis recurrentes y vacunas por venir, mientras se descubre un arsenal de millones de éstas vencidas como un símbolo inequívoco de la ineficiencia de aquel equipo que presumía de ser el mejor de los últimos 50 años. En tanto, el “gobierno de científicos” será el que deba sacarnos del aislamiento, en todas las formas y acepciones que el término reporta, casi sin margen para más vuelcos.
*El autor es escritor, gestor cultural (Untref) y ex subsecretario de Cultura de Tres de Febrero.










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