Por Bruno Pedro De Alto Trabajador del INTI. Licenciado en Organización Industrial (UTN) y Especialista en Gestión de la Tecnología y la Innovación (Untref)

El doctor Federico Ariel, biólogo de la Universidad del Litoral, también investigador del Conicet, recibió el prestigioso premio Fima Leloir 2019. Esto, ya de por sí, es una buena noticia para dar. Sin embargo, su nombre y sus palabras tuvieron cierta repercusión. No es común oír hablar de política a los científicos, ni mucho menos, desnudar el íntimo mundo de la militancia científica. Porque en la Argentina, a la ciencia hay que militarla; porque si no, no existe, no resiste embates, ni mucho menos, progresa.

Las denuncias e ideas fuerza que Ariel dijo al recibir el premio son interesantes. Expresa claramente su convencimiento que el gobierno de Mauricio Macri se dedicó a generar inflación y devaluaciones para concentrar la riqueza. Que ese costo lo pagó la clase trabajadora, que incluye a los científicos. Estas afirmaciones le permiten expresar su desacuerdo con ese tipo de políticas y llega a anteponerle un modelo que recupere el desarrollo tecnológico nacional, alcanzable con voluntad política, pero al mismo tiempo describe que “La ciencia es una labor colectiva”, y en esa dirección compartió el premio con todos sus compañeros científicos autoconvocados, con quienes “compartimos que la ciencia puede ser una herramienta de distribución y de transformación social”.

Pero quizás el momento más vibrante de su discurso, fue cuando el premiado describió los escenarios de actuación del científico de acuerdo a las circunstancias: “Frente al desmantelamiento del sistema científico en la Argentina nos organizamos y ocupamos las calles. Codo a codo con los despedidos que quedaron afuera del CONICET por los recortes presupuestarios. Resistimos como pudimos y nos acompañamos. Pero no solo resistimos en las calles. También lo hicimos desde nuestras mesadas de trabajo. A pesar de la adversidad seguimos generando conocimiento. Este premio llega para reconocer la labor científica en tiempos de resistencia”. Impactante: resistir en la calle y en la mesada de trabajo.

El científico Ariel, comprometido políticamente, hace un trabajo brillante que lo lleva a ser premiado, pero también milita sus ideas y lucha en defensa de sus espacios. Verbalizarlo durante la premiación, lo hace visible. Es un representante de muchos. La historia argentina, tan llena de situaciones críticas, y en especial para su ciencia y su tecnología, tiene importantes hitos de militancia científico tecnológica. Las crisis extremas los ponen en evidencia. También tiene héroes que son rutilantes: Houssay y Sábato, que también “la militaban”.

En un extraordinario reportaje “Para el prontuario del Plan Nuclear Argentino”, Jorge Sábato detalla el proceso de planificación, licitación y adjudicación de la planta de energía nuclear de Atucha. Allí, reflexiona sobre la atipicidad de un gran proyecto nacional que pudo sostenerse durante largos años marcados por sucesivas crisis. Detalla la particularidad que durante el lapso 1955 – 1972, Argentina tuvo nueve presidentes en contexto de permanentes crisis económicas.

A partir de ello hace una serie de preguntas retóricas que le permiten expresar su credo político y su militancia en ciencia y tecnología. Las preguntas son éstas:

¿Es posible llevar a cabo I+D útil y significativa en un país en vías de desarrollo en un estado de crisis permanente y con una economía más bien débil y dependiente?, y ¿Cuál es el papel del científico y del tecnólogo?

Al responderlas, Sábato cuestiona al científico que trabajando en un país que está en crisis, donde las dificultades políticas, económicas e incluso administrativas son por definición la norma antes que la excepción, ante esas dificultades cuestiona a los otros: políticos, militares, dirigentes sindicales, etc. Peor, cuando se encuentra con esas dificultades, opta por emigrar o vegetar.

Lo que propone Sábato es que el científico y el tecnólogo no solo hagan “buena ciencia”. Se debe comprometer también para construir el marco local de referencia donde la I+D pueda llevarse a cabo en mejores condiciones. Va más allá, cree que deben prepararse y saber afrontar un amplio espectro de complejos problemas que normalmente estarían fuera de su campo de interés y de competencia: cambios de presupuesto, falta de divisas extranjeras, reglamentos aduaneros, censura, persecución política, procedimientos administrativos, etc.

Sabato creía que a pesar de que en la Argentina la inestabilidad es la regla, igualmente puede organizarse una institución de I+D de modo que pueda funcionar adecuadamente bajo permanentes problemas. Es más, estaba convencido que ello era una obligación de quienes las dirigían y trabajaban en ella. Esa fue su militancia de toda la vida, que la sostuvo hasta su muerte en 1983, donde era el merecido candidato a secretario de Ciencia y Tecnología del inminente gobierno de Raúl Alfonsín.

Si retrocedemos en el tiempo, unos cien años aproximadamente, nos vamos a encontrar con los orígenes de la institucionalización de la ciencia argentina, y ella es obra de Bernardo Houssay, de su presencia y omnipresencia en la ciencia argentina. Con tres grandes trazos podemos sintetizar su rica vida: un meritorio docente e investigador, con un premio Nobel que lo acredita; un laborioso organizador del fomento a la investigación donde se destacan las creaciones de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, conocido como CONICET, en 1930 y 1958 respectivamente; y su conflicto político con el peronismo a partir de 1945.

Houssay, a partir de un conjunto de ideas sencillas pero ordenadoras para la ciencia argentina de su tiempo, tuvo importantes logros institucionales. Propuso que el Estado debería pagar los salarios que le permitan al investigador trabajar a tiempo completo, otorgar becas de perfeccionamiento y subsidiar los proyectos de investigación que elevasen los investigadores de manera libre. Con estos conceptos logró llegar al presidente de facto Agustín P. Justo que lo apoyó en 1930. Se le asignó un fondo para crear la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias.

A partir del golpe de 1955, las ideas de Bernardo Houssay fueron tenidas en cuenta para reorganizar las actividades científicas de la UBA por el rectorado del doctor Risieri Frondizi, y también para que el gobierno de facto de Aramburu, en 1858, creara el CONICET. Fue su primer presidente.

Pero en aquel momento, por sucesos previos, Houssay ya era un baluarte de la derecha argentina. Durante la Segunda Guerra Mundial, gran parte de la política y la intelectualidad argentina tomó partido por los aliados. Con el General Farrell, asumido como presidente de facto en 1944, aquel grupo que incluía a Houssay publicó un manifiesto donde reclamaban el alineamiento del país con Estados Unidos ante el conflicto bélico.

El gobierno militar estaba definido por un absoluto neutralismo, pero reaccionó de manera torpe: destituyó de sus funciones a muchos a los firmantes, por lo que Bernardo Houssay fue separado de su cátedra y de sus cargos honorarios en diversas comisiones oficiales y se lo destituyó de la presidencia de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, a pesar de que era una entidad civil y no oficial.

A partir de allí, hubo ensañamiento contra él, y esas contradicciones del gobierno militar causaron desconcierto en la sociedad y convirtió a Houssay, sin que éste se lo propusiera, y quizás a su pesar, en una figura política partidaria. Ya no solo militaba la institucionalización de la ciencia, militaba contra los gobiernos del GOU y de Perón. Al tiempo, se le permitió regresar a su cátedra. Daba sus clases magistrales con mucho público, que no era necesariamente solo estudiantes. Por ejemplo, al hablar de la regulación nerviosa, decía que: ‘Cuando la cabeza anda mal, todo anda mal´, y recibía sostenidas salvas de aplausos de los asistentes.

En esos tiempos, escribió un breve texto, el “Credo”, que circulaba entre los estudiantes y los antiperonistas. Decía lo siguiente: “Amor a mi patria, amor a la libertad, dignidad personal, cumplimiento del deber, devoción a la ciencia, dedicación al trabajo, respeto a la justicia y a mis semejantes, afecto a los míos (parientes, discípulos y amigos)”.

Federico Ariel, Jorge Sabato, Bernardo Houssay, son hitos que no representan necesariamente la misma mirada política. Son puntos de una extensa trama histórica y política de cientos y miles de científicos y tecnólogos militando. Militando aquello que debería ser lo natural y correcto en la Argentina contradictoria.

Sus nombres iluminan, y en función de la reciente historia del gobierno de Cambiemos, no deberían tapar a otros tantos trabajadores de ciencia y tecnología, especialmente los del INTI y del Conicet, que sufrieron, lucharon, se organizaron, y recuperaron sus instituciones con la llegada del nuevo gobierno. Un gobierno del que todos esperamos ponga al conocimiento científico – tecnológico en función del desarrollo y la inclusión.

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