«En los 10 mil años de historia que tiene el consumo de cannabis, aún no se ha registrado ni una sola muerte»

El filósofo y escritor español, Antonio Escohotado, en la introducción de su libro Historia general de las drogas, nos llama la atención respecto a la ancestral necesidad del ser humano de alterar el estado de su conciencia: “El psiquismo humano depende de aportaciones externas. Algunas moléculas no se transforman en nutrición, sino que provocan de modo directo un tono anímico particular. Entre lo milagroso y lo prosaico, lo material y lo inmaterial, y por el juego puramente químico ciertas sustancias permiten a los seres humanos dar a las sensaciones ordinarias de la vida y a su manera de querer y pensar una forma desacostumbrada de ser.” (1998)

Pero en nuestras sociedades existen muchas concepciones negativas respecto a determinadas prácticas socio-culturales, que están presentes en la sociedad desde mucho antes de nuestro nacimiento. Esta negativa, originada por diversos dispositivos que buscan darle un ordenamiento y una dirección específica al constructo social, hacen posible (o, mejor dicho, necesitan), además, un aparato Estatal prohibicionista que también se encuentra presente desde que nacemos y que a fuerza de costumbre y repetición, muchos terminan por naturalizar.
La historia del cannabis es larga y complicada, como así también la actualización y reactualización constante de su propio carácter prohibicionista. Pero es obligación de todo politólogo (y de cualquier persona que busque sensatez) poder ver más allá de todo lo que en la historia oficial no tiene lugar, lo oculto, el tabú; poder escudriñar todo eso que no vemos pero que permanece casi inmutable en la base prohibitiva y que podría resumirse en frases como: “Eso no se hace”. ¿Por qué?
Por esa razón, mi interés es presentar cinco razones por las que un politólogo debería pedir por la legalización del cannabis, tanto para compartir inquietudes como para invitar a la reflexión:

Primero, el argumento histórico: desde que la aventura humana comenzó a andar por el mundo, los hombres y mujeres siempre han estado atraídos por la necesidad de embriaguez o alteración de la conciencia. La posibilidad de afectar el ánimo con un trozo de cosa tangible asegura su perpetuación. Para algunas personas, dormir, comer, moverse y hacer cosas semejantes resulta inesencial (cuando no imposible) en estados como el duelo por la pérdida de un ser querido, el temor intenso, la sensación de fracaso y hasta la simple curiosidad. En estas situaciones se manifiesta claramente la superioridad del espíritu sobre sus condiciones de existencia (Escohotado, 1998). Entonces, ya sea para eliminar malos espíritus hace mil años atrás o combatir la depresión que el mundo moderno despierta en cada vez más seres humanos[1], el cannabis y otras sustancias tendientes a alterar la conciencia han sido y son parte de la historia humana, precisamente porque son parte de la cultura humana desde tiempos en los que, incluso, ni si quiera existía la escritura.

Segundo, el argumento económico: hasta 1833 el cannabis era el cultivo agrícola más grande del planeta, de esta planta se podía obtener un sinnúmero de diferentes productos, ya que la planta de cáñamo tiene la fibra natural más resistente del mundo. De ella se podían obtener telas, aceites, medicina y papel. Hasta el año 1900, la mayoría de los textiles estaban hechos a base de cáñamo y cerca del 50% de las medicinas del mercado también, sobre todo durante casi toda la segunda mitad del siglo XIX. Se podían obtener más de 25 mil productos de su celulosa (desde dinamita hasta celofán). Además de contribuir al cuidado del medio ambiente, ya que elimina la necesidad de consumir otras materias primeras mucho más contaminantes; también es muy fácil de cultivar y no requiere cuidados especiales ni uso de agrotóxicos. Hoy en día, la experiencia de algunos estados norteamericanos que han incursionado en la legalización no ha hecho más que confirmar el enorme potencial económico de esta planta[2].

Tercero, el argumento antropológico: a principios del siglo XX, en Estados Unidos, el periodismo amarillista pululaba por doquier: innumerables artículos describían a negros y mexicanos como “bestias frenéticas que fumaban marihuana y tocaban música del diablo”, ofendiendo las conciencias moralistas de los lectores, principalmente blancos de clase media. A partir de denuncias como estas, se han ido formando verdaderos mitos alrededor de esta planta tan cuestionada: locura, alucinaciones, “asesina de neuronas”, adicción etc. La violencia, la teoría del escalón a otras drogas y hasta la pereza han servido como argumento para mantener la prohibición y, así, transformar el objeto en un tabú. Tabúes que no hacen otra cosa más que profundizar y dispersar prejuicios naturalizados en la sociedad y, por lo tanto, condenarnos a la ignorancia respecto a los enormes beneficios y el potencial de esta planta, cuestión que ningún cientista social que esté interesado en construir alternativas que nos hagan evolucionar como sociedad, no debería ignorar.

Cuarto, el argumento legalista: a esta altura de la historia, resulta prácticamente obvio que la prohibición como tal es contraproducente. No sólo que no elimina la demanda cannabis (sólo aumenta el precio del bien en cuestión), sino que oculta todo un enorme mercado donde intervienen muchos sectores sociales y del que no sabemos casi nada. La “guerra contra las drogas”, a pesar de llevar la hoja de cannabis como símbolo, no ha logrado disminuir el consumo a nivel mundial sino que no ha parado de aumentar y, por otro lado, contribuye a invisibilizar a los verdaderos asesinos. Si pensamos, por ejemplo, en sustancias adictivas (legales o ilegales), antes que el cannabis, en grados de adicción (según la propia Organización Mundial de la Salud) se encuentra la nicotina, el alcohol, la heroína, la cocaína, los analgésicos y el café. Cuatro de las seis sustancias mencionadas (a las que podría agregarse el azúcar según nuevos estudios) son legales.

Si aceptamos la premisa de que el consumo de drogas es un problema; encarar dicho problema desde el punto de vista policial y no médico, asegura el fracaso de cualquier “guerra”. Puesto que, en el fondo, el problema en sí no es el consumo, sino el abuso de sustancias; no el uso recreativo, sino la adicción. Lo llamativo de este punto es que, después de décadas de cruzadas policiales contra las drogas, recién comenzamos a aceptar que el “problema” siempre estuvo mal abordado: es imprescindibles que sean los profesionales de la salud quienes se ocupen de los problemas de abuso y adicción y que incluso participen activamente en la elaboración de políticas que contribuyan a educar para un uso responsable y atender las consecuencias de los abusos, y no las fuerzas de seguridad que, aún hoy, sigue sucediendo en casi todo el mundo.

Quinto, el argumento político: la prohibición de cannabis y, más específicamente, los argumentos con los que se ha sostenido a lo largo de los años tienen escaso sustento científico; ya que éstos solo han respondido a contingencias de cada época y lugar tendientes a justificar las decisiones de gobiernos que pretendieron llevar adelante cruzadas moralistas contra ciertas sustancias, aunque no contra otras tanto o más dañinas.
En 1948 el Congreso norteamericano reconoce que el cannabis se había prohibido por la razón equivocada: no violentaba a las personas, sino que las volvía pacifistas. Y los comunistas la usaban para debilitar la voluntad de los norteamericanos y esto, sumado al miedo por la “amenaza comunista” llevó a que la prohibición se rectificara pero por la razón opuesta a la que se había apelado originalmente a finales de la segunda década del siglo XX.
En 1974 estudios sugieren que el consumo de cannabis afecta negativamente a las neuronas[3]; sin embargo en el año 2005 un grupo de investigadores canadienses descubrió que después de un mes de tratamiento en ratas de laboratorio, la droga provocó en esos animales un regeneramiento de las neuronas del hipocampo, área del cerebro que controla el humor y las emociones y que está asociada al aprendizaje y la memoria[4].
En 1999 comienzan a aparecer las primeras versiones de que el consumo de cannabis genera cáncer; y, aunque no hay ni un solo caso comprobado, una inmensa cantidad de la población cree estas versiones.
Por otro lado, y para concluir, la sustancia que más vidas se cobra en el mundo le gana al SIDA, heroína, crack, alcohol, cocaína, accidentes automovilísticos, fuego y crimen organizado combinados: el tabaco. Sin embargo éste recibe subsidios por parte del Estado en muchos países e incluso se utilizan fertilizantes radioactivos para su producción. El tabaco mata más de 7 millones de personas al año a nivel mundial[5]; el alcohol más de 3,3 millones[6]. Incluso el abuso en el consumo de cafeína es responsable de casi 10 mil muertes al año[7], y por abuso en el consumo de analgésicos, sólo en Estados Unidos, mueren cada día 100 personas[8].

En los 10 mil años de historia que tiene el consumo de cannabis, aún no se ha registrado una sola muerte[9].

Estos son sólo algunos ejemplos de los mecanismos de los que se sirve el discurso y el poder para mantener funcionando una maquinaria prohibicionista que no tiene otro objetivo que su auto preservación: actualizando sentidos, reproduciendo tabúes, creando verdades y excluyendo voces nuevas; cuestiones que no nos permiten buscar nuevas soluciones a viejos problemas.

*Elaborado en base a datos publicados por la Organización Mundial de la Salud.


[1] La depresión es una enfermedad de trastorno muy frecuente a nivel mundial: según datos de la Organización Mundial de la Salud, cerca de 300 millones de personas sufren por esta causa, siendo la depresión la principal causa de discapacidad. (Para más información ver: http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/es/)

[2] Las ganancias del mercado lícito de la marihuana, sólo en Estados Unidos, llegaron a casi 6 mil millones de dólares, según un reporte de Arcview Market Research. (Para más información ver: https://www.arcviewmarketresearch.com/)

[3] Este citado estudio, solicitado por la administración Nixon, fue fuertemente cuestionado por la comunidad científica varias décadas más tardes, una vez que los métodos de dicha investigación fueran dados a conocer: se bombeaba humo da marihuana, a través de máscaras conectadas a chimpancés durante varios minutos en varias oportunidades. Lo que no se dijo, fue que, en realidad, el efecto negativo sobre las neuronas se debió a la falta de oxígeno, ya que dichas máscaras limitaban su ingreso en los pulmones de estos animales.

[4] Universidad de Saskatchewan, Canadá –Journal of Clinical Investigation-.

[5] El tabaco mata a la mitad de sus consumidores, esto es: 7 millones de personas al año, de las cuales más de 6 millones son consumidores activos de dicha sustancia y el otro millón son no fumadores expuestos al humo de tabaco ajeno; siendo el tabaco una de las mayores amenazas a la salud pública a nivel mundo, según la Organización Mundial de la Salud. (Para más información ver: http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs339/es/)

[6] Datos que también se desprenden de estudios realizados por la OMS: la cantidad de muertes representa un 5,9% de todas las defunciones en el mundo. En el grupo etario de 20 a 39 años, un 25% de las defunciones son atribuidas al abuso en el consumo de alcohol, además de ser un factor causal de más de 200 enfermedades y trastornos mentales. (Para más información ver: http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs349/es/)

[7] Una nueva investigación muestra que beber una bebida energética como la cafeína puede aumentar significativamente la presión arterial y las respuestas a la hormona del estrés. Esto suscita la preocupación de que estos cambios en la respuesta podrían aumentar el riesgo de eventos cardiovasculares, según un estudio presentado hoy en las Sesiones Científicas 2015 de la American Heart Association . Los hallazgos también se publican en el Journal of the American Medical Association

[8] Es un problema que ya alcanzó niveles epidémicos, según un informe de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de ese país. La mayoría de las sobredosis ocurren con medicamentos que requieren receta médica.

[9] Según datos de CDC –Centro para el Control y Prevención de enfermedades, EEUU, 2010.DIFUNDE CONOCIMIENTO

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