Miles de personas se congregaron en el barrio natal del presidente Tabaré Vázquez, a pocos metros de la escuela Yugoslavia, con el club Arbolito, que supo fundar, a sus espaldas y en la inmediaciones del Progreso de sus amores: noche de emociones en el oeste montevideano.

Pocas veces, o ninguna, se recordará una conjunción tan grande entre un gobernante y su pueblo. La plaza Lafone desbordó de hombres, mujeres y niños, para homenajear a uno de los más grandes presidentes de nuestra historia.

La murga «Título viejo» puso música, humor, crítica y fervor y fue precedida por «La Consecuente», murga barrial que desde su nombre, marcó esa conjunción, tan parecida a un abrazo colectivo, que se vivió en la instancia. Tan abigarrada fue la multitud que los elencos carnavaleros tuvieron que estacionar lejos del escenario, para dirigirse entre abrazos y saludos al lugar dónde Tabaré haría su último acto público, rodeado de toda su familia.

Lo precedieron en el uso de la palabra el vicepresidente Rodolfo Nin, quién visiblemente emocionado, agradeció a Vázquez la confianza que había depositado en su persona, no sólo al darle su apoyo en el ejercicio de la vicepresidencia, sino al haberlo designado para que representara a Uruguay en el ámbito internacional como canciller, en momentos particularmente difíciles. Luego, llegó el momento en que habló Tabaré, pronunciando un discurso distinto, lleno de emotividad, carente de cálculo político y de consideraciones menores. Tal vez el mejor discurso que le hubiéramos escuchado a un estadista en un lapso de treinta años.

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