El Juicio a las Juntas Militares fue el nombre del proceso judicial en el cual se juzgó a nueve altos jefes militares por los delitos perpetrados entre 1976 y 1983, en plena dictadura cívico, eclesiástica y militar. El hecho sienta precedente en la jurisprudencia internacional. Julio César Strassera cierra el alegato de la sentencia enrostrándole a los genocidas que la historia no los absolverá. En 2013, Ulises de la Orden, director y documentalista, comienza a investigar dicho período con el fin de transmitir parte de esta historia a las generaciones más jóvenes. En la primera etapa se entera de que ATC, el canal estatal, había registrado el juicio de punta a punta. Pero Canal 7 y el Archivo General de la Nación, donde estaban alojadas las copias, aun a 32 años del fin de la dictadura, le niegan el acceso por temor a represalias. En 2019 Memoria Abierta (una alianza de las distintas organizaciones de derechos humanos) no sólo le facilita el acceso a la totalidad del material, sino que además se convierte en productora asociada del film. Desde su estreno, el documental ha cosechado premios en España, Francia, Perú, Argentina, Chile, Uruguay, México y Cuba, por nombrar algunos países. 

Por Andrés Manrique (ANRed)

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El juicio es historia viva. Muestra un fragmento del pasado que sigue dando coletazos en el presente. Las declaraciones de la actual vicepresidenta son síntoma de la herida que sigue supurando. Los dolores pueden anestesiarse, pero continúan latentes. El documental, de espíritu coral, le pone voz a las declaraciones que constataron las condenas, a una defensa endeble de retórica rancia, a la voz de la fiscalía que encara los hechos y se mantiene a la altura de las circunstancias, y a los jueces que apenas intervienen para poner en caja a la defensa, sin dar un paso al costado.

Quinientas treinta horas duró el juicio completo que se llevó a cabo durante ocho meses, entre abril y diciembre de 1985. De la elección, edición y montaje Ulises de la Orden, el editor Alberto Ponce, y Gisela Peláez, asistente de dirección y directora de producción, construyeron un relato polifónico de poco menos de tres horas. Después de más de treinta pruebas de guión, De la Orden descubrió que el alegato de sentencia producido por la fiscalía debía ser el hilo conductor. La dramaturgia se sostiene sobre una idea fuerza de guión. El resultado es que el espectador no puede sacar los ojos de la pantalla durante los 177 minutos del documental.

De los 18 capítulos que van de lo general a lo particular algunos se desprenden de hipótesis del cineasta e investigaciones posteriores al juiciola, pero la mayoría deriva del alegato final de fiscalía. Entre los temas que se destacan, se encuentran: la presión de los organismos internacionales, la responsabilidad empresarial y eclesiástica, el funcionamiento de los centros de detención ilegal, la lógica de los secuestros, la rapacidad para los botines de los bienes de detenidos, las complicidades de ciertos sectores del poder eclesiástico, y la apropiación y tortura de niños de familiares desaparecidos. Asuntos de extrema sensibilidad que De la Orden va reconstruyendo con fragmentos del juicio, sin ensañamiento ni más interpolación que las placas mencionadas. Durante los distintos ensayos de la película, los productores franceses, italianos y noruegos le piden al director que agregue y meche el archivo con material de actualidad, pero De la Orden se niega. Confía en la potencia del archivo, y trabaja con la voluntad y el respeto para reconocer que la profundidad del caso alcanza y sobra en elocuencia. El libro es ahora suyo, y con su equipo lo van a escribir.

Las luces de sala se apagan, las imágenes muestran el interior del juzgado. Personas de civil y personal policial circulan entre la boiserie y los asientos de cuero. Trajes, peinados y cigarrillos humeantes en la sala nos transportan a los ochenta. La película comienza con el llamamiento al estrado de los enjuiciados. La sola mención del nombre de los nueve Oficiales Generales imputados hace que nos corra frío por la espalda. La primera escena se mete de lleno en el drama del cual se sale casi tres horas después, con mucha más información y con algunas hipótesis poco desarrolladas. Las preguntas de la fiscalía, formuladas por Strassera y Ocampo son contundentes: “¿La orden de aniquilar autorizaba a torturar a los detenidos para obtener información, y aun eliminarlos físicamente?” La respuesta del imputado también impresiona: “Soy un militar, me determinaban un blanco y yo accionaba las armas.”

La fiscalía, en tiempo récord, consigue más de 700 testigos que darán testimonio (esto muestra Argentina 1985, la ficción de Santiago Mitre estrenada unos meses antes que El Juicio). La tentación de poner cada testimonio fue grande, reconoce el director, porque cada uno aportaba un detalle, un dato más a la causa. Pero habría sido una especie de catálogo del horror que puede consultarlo quien lo requiera en bibliografía variada, comenzando con el informe del Nunca Más.

Las dos cámaras de ATC que, por decisión de la Cámara Nacional de Apelaciones, filman el juicio toman a imputados y testigos de espaldas, de tres cuartos perfil: captan gestos. Videla tiene abierta una biblia en el momento en que se da la sentencia, Massera se da tirones cortos de la patilla, intentando arrancarse un pelo de la sien con pequeñas descargas. Los abogados defensores se enroscan en sus asientos, alguno sonríe socarronamente. Cada cual interpretará la actitud corporal y las reacciones físicas dentro del juzgado, que ahora pueden verse en imágenes casi todas inéditas hasta el momento.

Los 22 abogados defensores contra los dos fiscales ponen de manifiesto la desigual confrontación entre los militares y el resto de la sociedad. La película, a pesar de tomar el período más oscuro de la historia argentina, consigue ciertos momentos de humor donde el material y el espectador respiran. Las intervenciones de Orgeira, uno de los abogados defensores que hace lo imposible para demorar, trabar y distorsionar el juico, parecen bromas que no hacen reír a nadie. Su tono de voz y sus berrinches son verdaderos pasos de comedia.

El documental tracciona con el pasado para accionar el presente. No es un cuadro de una época perimida u obsoleta, sino el de un momento que sigue teniendo efectos en el presente y, por lo tanto, con alta carga de futuro. De hecho, sobre los créditos, el film hace mención al artículo 31, dejando en evidencia que el proceso no ha sido cerrado, que las investigaciones permanecen abiertas hasta el presente,  hecho que para el director es de suma importancia. También en entrevista con Horacio Bernades para el diario Página 12, De la Orden responde: “… los estudiantes de 4º y 5º año del colegio secundario. Ese es mi público soñado, anhelado. Ojalá llegue a todos los colegios, ojalá la pongan como de visión obligatoria. Ese sería mi sueño. Y estamos trabajando para que suceda.”

El documental puede verse en la generosa pantalla del cine Gaumont (Rivadavia 1635), otro de los espacios de cultura que el gobierno actual quiere cerrar. Va todos los días hasta el 20 de marzo a las 19.00 en la sala María Luis Bemberg, al irrisorio precio de $400 la entrada, una política de inclusión estatal.

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