La investigación contra el expresidente por alentar un golpe de Estado sacude al sistema político brasileño. El plan destituyente de la derecha regional, de Trump a Milei.

Por Néstor Restivo

El Brasil político-institucional atraviesa días de conmoción por el juicio que se le sigue al expresidente Jair Bolsonaro por supuesta conspiración contra la democracia. La causa investiga los hechos de enero del año pasado, cuando una movilización bien y violentamente organizada intentó copar los poderes de la república en Brasilia tras la jura del ganador de las elecciones previas, el actual mandatario Lula Da Silva.
El Tribunal Supremo de Justicia, con la activa participación del juez Alexandre de Moraes, quien sospecha que en aquel suceso hubo un plan para ahorcarlo en una plaza pública, lleva adelante una pesquisa que involucra al ex jefe de Estado y a varios de sus funcionarios, civiles y militares. Ya hay condenas a participantes directos y, la semana pasada, un video de una reunión de gabinete en tiempos bolsonaristas y el informe de un partícipe cercano a Bolsonaro, ahora colaborador testimoniante del sistema judicial en este expediente, derivaron en allanamientos en todo el país y en el secuestro del pasaporte del exmandatario para que no pueda salir del país.
El escándalo y la causa tribunalicia involucran a un argentino, Fernando Cerimedo, señalado en su país como asesor y uno de los responsables de las redes sociales del presidente Javier Milei y amigo de Bolsonaro y de sus hijos, también implicados en ataques a la democracia. Cerimedo, según los magistrados brasileños, fue uno de los encargados de difundir «noticias falsas» sobre un supuesto fraude electoral en una maniobra «ilícita y antidemocrática» que motorizaron «milicias digitales». 

Hilo conductor
El modus operandi de esas campañas en el ciberespacio tiene una suerte de manual de instrucciones que siguen a pie juntillas. Esas «milicias» de Milei, Bolsonaro o también Donald Trump en Estados Unidos, son expertas en su uso, si no ellos mismos, activos ejercitadores de sus dedos pulgares en el celular. Con las llamadas fake news, algoritmos específicos, manipulación y otros mecanismos estudiados, la tarea agita la violencia, el odio, la indignación por supuestas acciones y las mentiras sobre todo lo que ellos consideren su enemigo, sean individuos, políticas públicas, manifestaciones culturales, gobiernos populares. Saben cómo primar en las redes, pero también en los medios tradicionales, en desuso pero útiles todavía para esos fines, porque replican los mensajes aunque sean críticos u opositores.
El hilo conductor se ve también en los discursos de sus bases electorales, de repudio a todo lo estatal, al pago de impuestos, a la cultura, a la ciencia, al «gasto político»; lo repiten como loros en todas las partes donde pululan. O en los ataques a personas específicas, como los de Bolsonaro contra la cantante Daniela Mercury, de Trump contra Lady Gaga o del «libertario» argentino contra Lali Espósito. Igualmente, se replican en la toma de los trumpistas del Capitolio cuando se contaban los votos que darían la victoria de Joe Biden en enero de 2021, el asalto a las instituciones de Brasilia justo dos años después con mismo formato, o el desprecio de los mileístas (y de él mismo) a gobernadores, legisladores y otros funcionarios públicos, a los que llama «casta». Cabe preguntarse: ¿habrían intentado un ataque a la democracia si el resultado electoral hubiera sido otro en Argentina, o si el candidato Sergio Massa hubiese sacado solo tres puntos más en la primera vuelta de 2023 y se alzaba con la presidencia?
En el caso de Bolsonaro, mientras su hijo Eduardo, diputado federal, es quien teje las alianzas con la ultraderecha global, también con fuerte presencia en Europa, otro hijo, Diego, concejal en Río, se encarga de lo mediático y de las redes. El argentino es más cercano a Eduardo, a quien habría conocido en 2010 durante cursos que dictaba el publicista ecuatoriano Jaime Durán Barba, del que participaba también otro consultor clave de Milei hoy en la Casa Rosada, Santiago Caputo, a quien escucha casi tanto como a su hermana Karina, la extarotista y exrepostera, con estudios de relaciones públicas, con quien cogobierna.
La causa contra Bolsonaro, como la de Trump en Estados Unidos (ambos tienen varias, pero aquí se refieren la de sus supuestos intentos de quebrar la democracia), es una bomba política en Brasil. Bolsonaro podría terminar preso.
El video mencionado más arriba muestra una reunión de gabinete de julio de 2022 donde, sacado, el expresidente alertaba de un casi seguro triunfo del Partido de los Trabajadores de Lula y de la necesidad imperiosa de evitarla a como diera lugar; el Tribunal entiende que pudo haberse comenzado a armar ahí un plan destituyente para evitar las elecciones de fin de año, más aún cuando los jueces escucharon al jefe de Inteligencia Augusto Heleno diciendo en ese encuentro con el entonces presidente y otros ministros y asesores que «si hay que dar un golpe, que sea antes de las elecciones». En cuanto al testigo, se trata del teniente Mauro Cid, estrecho colaborador de Bolsonaro, detenido por otras causas más ligadas a posibles hechos de corrupción y de acciones durante el negacionismo del exmandatario en torno a la pandemia del Covid-19. Cid negoció colaborar con la Justicia aportando datos.

Asesor de Javier Milei, involucrado en la causa por el ataque a la democracia brasileña.
Foto: X @FerCerimedo_ok

Entre el delirio y el odio
El caso seguirá seguramente dando que hablar sobre una trama que involucra a todo un colectivo golpista y militante de la ultraderecha, donde hay dirigentes políticos y empresarios, militares, policías, líderes religiosos y un ejército de seguidores fanáticos que en las últimas elecciones mostraron ser casi la mitad del electorado, la mayoría del cual cree que participa de una fiesta a la que, en verdad, no está invitada.
A ese bloque de poder –que en lo económico expresan sobre todo el agronegocio, la desforestación y las fintech, con perfil distinto al desarrollismo industrial previo que mostraba Brasil, y en lo político ya se articulaba desde antes de que llegara Bolsonaro con la bancada parlamentaria llamada BBB por Buey, Biblia y Bala, bautizada así en 2015– se le agotó la paciencia con el sistema democrático electoral que surgió en los años de 1980, como en toda América Latina, luego de las dictaduras. Ganaban muchísimo antes. Pero ahora quieren más.
Hoy, desembozadamente, intentan dinamitar ese sistema institucional si las cosas no se hacen como dicta su manual, su delirio y su odio. Mientras un diputado argentino grita «cárcel o bala», otro en Brasil tiene de hit «bandido en el cajón, alegría para mi corazón». Trump vocifera make America great again y Milei le hace coro –todo es tan obvio, tan lineal–con «hacer grande de nuevo a la Argentina». Un problema, no el único, es que en esa grandeza quepan cada vez menos y más poderosos y violentos.

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