Celebrar. Abrazarse con los propios. Llorar la pena. Llorar la alegría. Morir de bronca. Abrazarse de nuevo con los propios. Llorar la injusticia. Llorar la libertad. Vivir de amor. Abrazarse con otres. Volver a Llorar. Y así, sentir América Latina. Una y otra vez. ¿Hasta dónde llega, dónde termina? Espejos de colores, patacones, el calor que no se aguanta, diciembre de cualquier año. América querida te abrís de piernas, te abrís las venas, ¿sos pobre o rica?

En pocas semanas brindamos el fin del macrismo, el despertar de Chile, la libertad de Lula. Y a la vuelta de la esquina, el Golpe de Estado a Evo nos parte como un rayo devolviéndonos a una realidad en la que los principios democráticos tiemblan, inestables, aún cuando creíamos zanjadas discusiones imposibles. Insólitas.

Pedimos permiso para sentir. Porque no pretendemos analizar América desde la teoría política ni desde las relaciones internacionales. En el Golpe a Evo se juegan también las subjetividades y lo que nos atraviesa el cuerpo. El golpe es también lo que nos pasa con el golpe.

Y en general, reina la Incredulidad. Que no es tanta ni tan cierta. Que es en realidad la profunda pena de saber que no estamos tan hermanados/as en la defensa de unos principios democráticos básicos como quisiéramos y que es allí y no en otro lado donde la grieta se hace profunda. Irrespirable. Intransitable.

De este lado, tenemos claro algo: de bancar un golpe de estado no se vuelve. Tampoco de hacer silencio sobre uno. Y menos que menos de condicionarlo a situaciones de excepción que puedan legitimarlo en ciertas ocasiones. No caben las preguntas acerca de los hechos previos porque la democracia es límite: dentro de ella, todo; fuera, nada.

Proliferan las encuestas: ¿estás a favor o en contra de la dimisión de Evo en Bolivia? No, señores: Como lo dijimos frente a la cuestión de la legalización voluntaria del embarazo, los derechos no se plebiscitan. No se trata de elegir tu propia aventura más o menos democrática, de hacer un cursito de sommelier de golpes en la OEA. Cuando se rompe la legitimidad institucional no hay puntos de vista.

Tampoco hay lugar para denominaciones moderadas. Las cosas por su nombre. Llamarle “proceso de transición” y prescindir de valoraciones totalitarias, no. No en nombre de la democracia, la república y las instituciones. Las consecuencias del negacionismo han sido muy nefastas en nuestra patria grande y aún se sienten sus influencias.

Desde el domingo circulan por los chats audios desesperados de mujeres contando que les están quemando las casas, hombres que piden difusión de lo que pasa en los medios. Un periodista local habla de “resolver la crisis en Cochabamba”, es que Bolivia es un territorio que no se puede ni pronunciar. No es casual que el golpe se haya organizado en ciudades donde la primacía blanca tiene el poder.

Bolivia no tiene paz, está sin cabeza. Y el sintagma hueco de espanto que suena “fuerzas armadas” son miles de personas con ametralladoras, granadas y pistolas que matan a otras personas. Hay sangre en las calles, hay cadáveres, aunque Morales construyó su continuidad sin violencia social.

Quienes buscan justificar el golpe hablan de “una elección amañada”, de los años que Evo lleva en el gobierno. Nadie se cuestiona lo mismo frente a gobiernos de centro derecha o encarnados en presidentxs hegemónicamente blancxs. En Buenos Aires o en Berlín la permanencia en el poder no hace ruido como al lado, donde desde un lugar de superioridad moral e intelectual hay quienes se creen habilitados a intervenir en la democracia que no es de su agrado. Pero no es golpe sólo cuando el derrocado no te gusta o tiene la pollerita demasiado corta.

A Evo lo quieren afuera por indígena. Evo representa el triunfo de la otredad en inmiscuirse en asuntos reservados para un nosotros blanco, de límites difusos entre colores y billetes. Una guerra empecinada de los dueños de la tierra para olvidarse que América es marrón. Lo que nos dejan claro desde aquel lado de esta grieta imposible es que el poder no es para los negros pobres. Y caerá el peso de la fuerza sobre quien intente disputar ese sentido.

Son tiempos de avances y retrocesos en nuestra América Latina. Tiempos de puesta a prueba de las emociones. Lloraremos de alegría y el alma se partirá de odio y dolor. De sabernos una América racista y clasista aún a pesar de tanta lucha y tanto logro colectivo. Pero hemos llegado hasta aquí sin traicionar las convicciones y con las banderas intactas y la whipala bien alta, para seguir llamando a las cosas por su nombre.

Evo presentó su renuncia en Palacio Quemado. Los frutos de su mandato arden con la fuerza de quienes en la calle declaran a los medios internacionales que durante esos años pudieron comprar comida, una televisión, salir de pobres, vivir mejor. Otra vez: la dignidad, patrimonio de unos pocos. ¿Se creyeron que estaba permitido ser felices?. La tibieza y los peros son siempre privilegios de panzas llenas.

Una rosa es una rosa, escribió Gertrude Stein, y una rosa con otro nombre olería igual de dulce. Un Golpe de Estado es un Golpe de Estado. Y podrán darle el nombre que quieran. El que les deje conciliar el sueño. Pero nos encontrará siempre, de este lado, denunciándolo. Y será igual de repudiable.

Por Marina Mariasch y Carolina Atencio

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