El nuevo conductor de Buenos días Américase topa con serias dificultades para sacar a relucir su propio sello, mientras cosecha pobres números de audiencia.

Por Julián Gorodischer

¿Qué le vieron a Fabián Doman para otorgarle la sucesión de Antonio Laje en Buenos días América? Impreciso y de hombros caídos, produce la sensación cabal del desánimo. Ya el día uno abrió con un reclamo explícito por la llegada tarde a Pampito (Perelló Aciar, panelista, junto con Mercedes Mendoza, Lucio Di Matteo, Robertino Sánchez Flecha y Fernando Carolei), con esa tendencia que ya despuntaba en Nosotros a la mañana (Canal 13) a perder la escala del interés público, en el entrevero de las relaciones con sus panelistas y productores, en medio de un sinfín de intentos por parecer espontáneos.
Lleva a extrañar la calma autoritaria de su predecesor en el cargo; el espectador de hoy se adormece a horas tan tempranas en el monótono cantar de un indignado en potencia (ante las columnas y las notas sobre una actualidad que maltrata al ciudadano) pero se lo ve contenido, más aplacado que con su otro elenco, más chimenteril, peleador, que integraron desde su ex Evelyn Von Brocke a Fernanda Iglesias y Agustina Kampfer.
Ahora, en BDA, se deja hablar a los entrevistados telefónicos; falta el timing de Laje para interrumpir, cortar, pisar; el nuevo conductor se permite desaparecer y dejar hacer a sus bastoneros sin avidez de vivo. Parece un karma que lo hagan repetir la fórmula del reemplazo incluso ante probados fracasos previos; en América lo colocan una y otra vez ante la misma disyuntiva de ocupar el lugar de un peso pesado: se iba Santiago Del Moro de Intratables y lo pretendían como el sucesor de una estampa y un carisma que no son su escuela; en cambio, Doman es el hombre común porteño neurótico –con un poco menos de libros encima–, pero con ganas, buen trato; uno de esos conductores cercanos hechos a molde para comenzar el día, algo anodinos, pero de buen tono para la mañana, como Sergio Lapegüe en TN, Guillermo Andino en América, Esteban Mirol en Canal 9.

El hombre falible
Es imperfecto como para permitirse ir y venir; gana la presidencia de Independiente y renuncia al mes; de igual manera que antes había anunciado su retiro del periodismo para ser director institucional de Edenor –de su mismo empleador en América, Daniel Vila– y también reculó y volvió al medio. Él puede hacerlo porque hizo su leit motiv del hombre dubitativo –levemente irónico– y, en sus mejores momentos, con una sobriedad y una discreción homologables a las de un dandy posmoderno.
La pátina satinada se le voló de un plumazo durante su divorcio mediático –muy explotado por Bendita TV, donde su ex era panelista–, al punto de haberse creado el hit pegadizo «Do-Man», que canturreaban y bailaban cual clowns a dúo Edith Hermida y Alejandra Maglietti. Hay quienes piensan que de ese traspaso a objeto de consumo kitsch dentro de la propia TV no pudo volver. Otros, que él mismo se fue apagando, deprimido, más moderador que conductor, sin expectativa ya de ser primera figura de la farándula, como había sido la primera mitad de su trayectoria en ATC, Canal 26 y C5N.
Lo cierto es que fue después de sus idas y venidas de mundos disímiles cuando se da su primer fracaso irremontable con un rating que cae a los dos puntos en Bien de mañana (2023), un experimento de rejunte, típico del 13, que ya carecía del aura de club de amigos chispeantes que había logrado en los mejores clímax de NAM. Y se fue pinchando Doman, el que se había acostumbrado a ser él mismo un objeto chimenteril, por sucesivos matrimonios y separaciones con rubias divinas; el que gozaba el aire con mucha autoconciencia de ser disruptivo, imponiendo estilo informal y falible; el que se alejaba del porte de presentador tradicional y mantenía a cambio rasgos infaltables para el target family: señor de mediana edad, heterosexual, con pasado de barrio y pasión por el fútbol.
Todo eso estuvo y sigue estando en Doman, y por eso reincide «el doctor» Vila cuando es el único, su ahijado, al que visualizó –dice el mito inter-pasillos– como reemplazo posible para el antes respaldado y hoy vilipendiado Laje. Solo Doman fue un sustituto posible para el asentado Laje, propietario simbólico del logo y el nombre del programa. Como representante de la señal que quiso decirle a Laje «no sos vos, es el programa», Doman puso la cara nada menos que a las 7 de la mañana, justo él que, si algo tiene de apetecible, es la cara de cansado, las ojeras y la palidez, asociables al aire noctámbulo atribulado de un porteño de ley.
Pues bien, el resultado está cantado: Doman bate el récord del rating más bajo después de la TV Pública, en su franja, rozando los 0,8 y gritan las alarmas que algo no está cuajando en la mesa que le toca presidir, en duermevela. Su cuerpo y su gesto se llevan bien con la catástrofe y la nota policial-vecinal, de tenue corte sensacionalista –de la escuela Chiche Gelblung– y por momentos vuelve a sacarle lustre a lo que mejor le sale: un sermoneador que detecta y se molesta ante algo que no debería ser como es, y la escena se impregna de su tono alto que es útil y fructífero como un buen café o coito mañanero, como energizante. Pero decae estrepitosamente, minutos después, y la mesa –su escenografía actual– no se lleva bien con su anhelo de deambular, que purgaría ansiedad y añadiría énfasis. La escena languidece, y Doman sigue perdido en su nebulosa.

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