El debate sobre el proyecto Bases mostró curiosas contradicciones de ciertos sectores de la oposición «amigable» entre el contenido de algunos discursos y su voto afirmativo.

Alberto López Girondo

Podría ocurrir que alguien por momentos se hubiera distraído en otros quehaceres mientras se producía el extenuante debate por el proyecto de «Ley Bases» en la Cámara de Diputados. Por decir algo, que hubiese estado enfrascado en el trabajo que mal que mal le paga los gastos –cada vez más onerosos–, cocinando, arreglando un desperfecto en el auto. Y en esos descuidos transitorios hubiese percibido tramos entrecortados de los discursos de sus representantes. A cualquiera le puede pasar. Ese ciudadano de a pie podría haber escuchado encendidas arengas como las del cordobés Rodrigo de Loredo, jefe de la bancada de la UCR, o de la bonaerense Margarita Stolbizer, de Hacemos Coalición Federal (HCF), y quizás hasta se habría animado a alguna apuesta de que la ahora recortada megaley que el Gobierno libertario no logró aprobar en febrero volvería a naufragar a pesar de los denodados esfuerzos tanto del ministro del Interior, Guillermo Francos, como de los articuladores de la llamada «oposición dialoguista», Miguel Ángel Pichetto y Silvia Lospennato, en favor del profundo formateo de la sociedad argentina que se pretende desde la Casa Rosada. Después de todo, esos tramos coincidían con declaraciones previas a los medios en la semana anterior al 29 de abril de algunos de esos mismos personajes. Y muchos ellos, además, se habían mostrado en la multitudinaria marcha del martes anterior por la Universidad pública. Lamentablemente, nuestro héroe o heroína habría perdido la apuesta.
«El paquete fiscal moldea una sociedad que nos incomoda, moldea un futuro que nos incomoda. En ningún lado aparece un plan productivo. Acudir a viejas herramientas me hace preguntarles: ¿dónde estuvo el cambio? Exageradas moratorias, exagerados blanqueos, no solo vuelven a premiar a los incumplidores, no solamente garantizan que en la Argentina el que paga en tiempo y forma es un gil. Ahora, pasa a ser un héroe el que fuga», decía De Loredo en un tono fervoroso y decidido. «La historia ya conoce de quienes venían con la Biblia en las manos, los esperaban con las tierras, les prometieron rezar y cerrar los ojos. Y cuando los abrieron, los sorprendieron con la Biblia en las manos y se quedaron con las tierras», continuaba el diputado radical, que arremetía en un momento: «Este bloque no va a acompañarlos a ustedes…». Pero no, de pronto dio una voltereta en el aire y completó «…va a acompañar al pueblo de la República Argentina que alberga una esperanza, que la ha convertido en una religión porque es una fe que ustedes han sabido consolidar con esa prédica bíblica».
Con Stolbizer pasó algo similar. En reportajes realizados pocos días antes del debate parlamentario era de las que más se oponían a ciertos tramos de la normativa. «No al cierre del INTA, INTI, CONICET. No a las privatizaciones indiscriminadas y no a ninguna forma de privatizar el Banco Nación. No a facultades delegadas», repitió mas de una vez. «Me vengo preguntando quién redactó el proyecto, cuál es el funcionario que copió y pegó lo que algún privado le había hecho. Todo el contexto de la Ley Bases es una proclama de privilegios que se destinan al sector privado, de los grandes grupos económicos, no de los pequeños. No hay una sola ventaja para las pequeñas y medianas empresas. No lo puede haber escrito esto un funcionario público. La política brutal de desguace del Estado que se está promoviendo. Estamos una vez mas frente al desafío de sostener desde este Congreso nuestro rol institucional, el equilibrio de poderes, porque de esa manera defendemos el funcionamiento de una democracia», dijo en el Congreso.
Sin embargo, terminó dando quorum para el tratamiento de la iniciativa y en un extensísimo posteo posterior en su cuenta de X se creyó obligada a justificar su votación. «Mi voto Ley de Bases. En general fue positivo para habilitar al Gobierno a enfrentar la emergencia. Solo podrían negar la crisis los responsables de haberla generado o los que usaron el poder en beneficio propio», comienza, para finalizar: «Ganamos esa votación contra las posturas de los extremos protegiendo al sector, LLA/PRO y el kirchnerismo duro. Por ahí va nuestro camino: equilibrio, sensatez, racionalidad y decencia».
Las redes sociales se hicieron un festival con estas y otras cabriolas parlamentarias, aunque también fue posible encontrar algunos tuits con el detalle de lo que votó cada uno, como el trabajo de la investigadora Natalia Volosin, que permiten ver claramente que entre los «dadores de gobernabilidad» hubo radicales y peronistas, pero que también algunos colaboraron silenciosamente con sus ausencias. Destacaron en este acápite Roberto Mirabella y Guillermo Snopek de Unión por la Patria, mientras que entre los votos negativos se mantuvieron firmes los radicales Facundo Manes, Pablo Juliano y desde el espacio HCF Mónica Fein y Natalia de la Sota se anotaron en todos los rechazos.
Los apoyos incondicionales fueron de LLA y el PRO, como era de esperar, pero con eso solamente no se lograba sumar los 142 votos afirmativos. Se sumaron de Innovación Federal, el bloque de diputados de Salta, Misiones, Rio Negro y Neuquén. Los rechazos categóricos provinieron de Unión por la Patria y de la izquierda, FIT-U, y llegaron a 106 con el desprendimiento de los contados radicales y de HCF. Resta ver qué ocurrirá en el Senado, donde las presiones del Gobierno se intensifican por estos días y las líneas que bajan desde algunas provincias apuntarían a darle carta blanca a un presidente que no dudó en proferir los brulotes más insultantes contra legisladores y gobernadores que se hayan oído en la democracia argentina en estos 40 años.

En China. La canciller Mondino mantuvo reuniones con funcionarios del país asiático, en un intento de recomponer el vínculo bilateral.

Foto: NA

Lo más llamativo es que cuando se frustró la primera versión de esta megaley –ahora reducida a un tercio de la original, pero con un daño para el futuro de la población igualmente gravoso– Javier Milei los acusó de haber estado buscando coimas. Y algunos de los mandatarios provinciales amenazaron entonces con algún tipo de rebelión, como fue el caso del chubutense Ignacio Torres, el santafesino Maximiliano Pullaro o el cordobés Martín Llaryora. Esa persona que escuchó parcialmente los discursos en la sesión del 29 de abril tranquilamente podría inclinarse a la sospecha de por lo menos algún tipo de Síndrome de Estocolmo o, como bromeó el docente Sergio Visacovsky en las redes, de participación mística según la definición del antropólogo Lucien Lévy-Bruhl.
Es que, en definitiva, las palabras en algunos sectores de la política parecen ser absolutamente evanescentes en estos tiempos de la Argentina. Como esa frase popular, «así como te digo una cosa te digo la otra». Que si bien podría recordarse que se produjo durante el menemismo («si yo decía lo que iba a hacer no me votaban») y ahora está en auge. Así, el jefe de Estado puede un día decir que no piensa tener relaciones con China o Brasil porque tienen gobiernos comunistas y al otro enviar una carta con una disculpa a Lula da Silva o comisionar a la canciller Diana Mondino a Beijing para que personalmente se desdiga de todo lo que incluso ella mismo dijo sobre China. Pero la economista ultraliberal no pudo con su genio y la embarró al decir que en la base de Neuquén no pudieron identificar si hay militares del país asiático, como afirmó el embajador de Estados Unidos, porque… «los chinos son todos iguales»,

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