El choque con España es el último de una larga serie de conflictos diplomáticos generados por el Presidente. Los costos para el país.

Por JAMES NEILSON

Antes de ser elegido presidente de Francia, Emmanuel Macron afirmó que quería ser un jefe de Estado “jupiteriano”, dando a entender así que se proponía ubicarse muy por encima de los mortales comunes. Parecería que Javier Milei tiene aspiraciones similares. Le encanta el rol de Júpiter el Tronador: pocos días transcurren sin que, desde su lugar entre las fuerzas del cielo en el empíreo, fulmine a quienes no comparten sus opiniones, trátese de políticos locales, economistas despistados que hablan demasiado de recesiones prolongadas, comentaristas humildes o mandatarios extranjeros.

Además de los dictadores de China, Cuba y Nicaragua, entre los muchos blancos de la ira jupiteriana de Milei han estado el venezolano Nicolás Maduro, el brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva, el colombiano Gustavo Petro, el mexicano Andrés Manuel López Obrador y, desde luego, el español Pedro Sánchez, al que maltrató en estos días en Madrid cuando asistía a un reunión de dirigentes habitualmente calificados de “ultraderechistas” por sus adversarios.

Si bien no cabe duda de que algunos de los fustigados por Milei recibieron lo merecido, muchos que los desprecian tanto como él coinciden en que hubiera sido mejor que los criticara por su conducta alguien que no cumple funciones en el gobierno nacional. Lo entienda o no Milei, ya no es sólo una estrella televisiva célebre por las bravuconadas que profiere a diario sino el Presidente de la República, y hasta una mueca suya -y ni hablar de un insulto brutal- puede motivar reacciones que perjudican al país. En todas partes abundan políticos y otros que son proclives a sacar provecho de los conflictos con los dirigentes de países extranjeros.

Uno es Sánchez. Al presidente del gobierno español le conviene que un personaje como Milei se haya sumado al coro de los que están denunciando a su esposa, Begoña Gómez, por tráfico de influencias. Puesto que es una ciudadana privada, la señora no habrá hecho nada ilegal al actuar como lobbista de empresas que buscaban contratos con el Estado, un asunto que está bajo investigación judicial, pero parecería que tanto ella como su marido han violado el código ético informal que debería imperar en tales circunstancias. Por cierto, cuesta creer que su marido nunca preste atención a sus recomendaciones cuando hablan de temas empresariales.

Como Milei señaló, luego de tomarse “cinco días para pensarlo” después de amenazar con renunciar, Sánchez optó por permanecer en su cargo aún cuando sus adversarios continuaran cuestionando judicialmente la honra de su cónyuge. Y, para vengarse de la intromisión nada amistosa del anarco-capitalista, el gobierno que encabeza decidió “llamar a consultas” a la embajadora en la Argentina, lo que en el mundo diplomático equivale a poner la relación bilateral al borde de la ruptura.

Sánchez quiere que Milei pida perdón en público por lo que dijo. La posibilidad de que lo haga es escasa; la imagen internacional que ha labrado depende en buena medida de su voluntad de vituperar sin eufemismos a todos los izquierdistas del universo, en especial a aquellos que encabezan gobiernos que, como el de Sánchez, incluyen a personajes que no han vacilado en insultarlo a él. Es lo que hizo hace poco el ministro de Transporte español, Óscar Puente, cuando lo acusó ingerir “sustancias”, de tal modo desatando la guerra de palabras.

Milei se ufana de ser el primer presidente libertario del planeta, y por lo tanto el único, una distinción que, de acuerdo con la taxonomía ideológica habitual, lo coloca bien “a la derecha” de todos los demás mandatarios. Así las cosas, con la eventual excepción de Donald Trump -si, como es factible, el hombre naranja regresa a la Casa Blanca el año que viene-, desde el punto de vista de Milei no habrá ninguno que no merezca ser vapuleado por atornillarse al poder como un miembro típico de una “casta” miserable y corrupta, dominada por zurdos, cuyos integrantes viven bien a costa de la gente honesta.

Por desgracia, no es del todo fácil ser a un tiempo un gurú de instintos sectarios que predica un nuevo evangelio y el presidente de una nación importante que está sufriendo una crisis sumamente grave de la que está luchando por salir. Mientras que a los líderes espirituales les es dado anatemizar -siempre y cuando respeten ciertos límites legales- a sus adversarios en términos pintorescos, a los mandatarios les es necesario tomar en cuenta los intereses de su país que, casi siempre, supondría tener relaciones cordiales con casi todos los demás, incluyendo a los gobernados por individuos que a juicio de muchos son odiosos.

¿Para la Argentina vale la pena alejarse de España y en consecuencia de la Unión Europea, sólo porque a Milei no le gusta Sánchez? No es preciso ser un admirador del político socialista para suponer que sería mejor que lo tratara con cortesía. También sería positivo que el Presidente se abstuviera de intervenir en las disputas políticas internas de otros países a menos que planteen amenazas al propio o a la paz mundial. Que Milei opine con la contundencia que es una de sus señas de identidad sobre lo que está sucediendo en tiranías belicosas como Rusia o Irán sería una cosa, que lo haga sobre los conflictos políticos de democracias amigas como España es otra muy distinta.

Milei brinda la impresión de estar convencido de que le será dado reproducir en el escenario internacional la hazaña proselitista que lo catapultó desde las pantallas de la televisión, los laptops y los celulares hasta la presidencia de la Argentina. En el mundo virtual en que se siente más cómodo ya lo está logrando, de ahí sus viajes repetidos al exterior, donde quienes creen que está por producirse una suerte de contrarrevolución política que barrerá con un statu quo que conforma a pocos lo festejan como una estrella de rock.

Es lo que hicieron quienes asistían al cónclave madrileño de “la derecha” de la semana pasada en que, con videollamadas, participaron personajes como la primera ministra italiana Giorgia Meloni, la francesa Marine Le Pen y el primer ministro húngaro Víktor Orban.

Los atraídos por el evento, que fue apadrinado por los españoles de Vox, una agrupación relativamente nueva que está procurando consolidarse, esperan que, en las elecciones al Parlamento Europeo que están por celebrarse, los candidatos antiglobalistas de “la derecha” desplacen a muchos conservadores vacilantes, centristas e izquierdistas para conformar un bloque que sea capaz de impulsar cambios radicales. Si ganan terreno como se prevé, Milei podrá tomarlo por evidencia de que es uno de los líderes de un gran movimiento internacional que está resuelto a poner fin al repliegue de la civilización occidental que, según los denostados como “derechistas”, ha sido carcomida por una alianza de socialistas, yihadistas islámicos y partidarios de la política de identidad “woke” acompañados por militantes verdes que están más preocupados por el futuro de los insectos, animales silvestres y plantas que por el de los seres humanos, razón por la que quieren prohibir el uso de combustibles fósiles y modificar drásticamente los sistemas industriales y agrícolas en que se basan las economías del mundo desarrollado.

No cabe duda de que, para Milei, figurar entre los líderes más influyentes de un movimiento que dentro de poco podría alcanzar el poder en Estados Unidos y los países principales de la Unión Europea ya es un gran logro personal. También es uno que podría beneficiar mucho a la Argentina si los plutócratas que lo colman de elogios llegan a la conclusión de que está por transformar un país notorio por su costumbre de defraudar a inversores en un El Dorado o, como Milei mismo promete, una “Meca” o “nueva Roma” que no tardará en ser una fuente de riquezas descomunales para los dispuestos a apoyarlo con su dinero.

Aunque hasta ahora pocos multimillonarios han optado por asumir los riesgos que les supondría apostar por el proyecto de Milei, si algunos lo hicieran, podría llegar aquel torrente de inversiones con el cual soñaban los macristas en la fase inicial de su gestión. Si todavía no lo han hecho es porque temen no sólo a la capacidad destituyente de kirchneristas, izquierdistas y sindicalistas que quieren perpetuar el orden populista sino también a las tendencias autodestructivas de Milei mismo. Tal y como están las cosas, el enemigo más peligroso de Milei es Milei, un hombre sui géneris que brinda a los asustados por el “rumbo” que ha emprendido un sinfín de pretextos para oponérsele y a menudo agravia a los que, si fuera un dirigente menos belicoso, estarían entre sus simpatizantes más entusiastas.

No se trata de un asunto menor. Para tener éxito en la misión sumamente ambiciosa que se ha propuesto, el gobierno mileísta tendría que llevar a cabo una reforma profunda del Estado para que todas las instituciones que lo conforman funcionen con eficacia pero, como los problemas que acaban de surgir en la Aduana nos recuerdan, carece de los cuadros profesionales confiables que claramente necesita. Aunque el PRO y agrupaciones afines estarían en condiciones de aportarlos, muchos afiliados de La Libertad Avanza, un partido que se improvisó sobre la marcha para aprovechar la popularidad imprevista de Milei, insisten en mantenerlos a raya por miedo a verse desplazados por miembros vitalicios de la casta.

Fuente REVISTA NOTICIAS

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