Seth Kugel, reportero del reconocido periódico estadounidense, recorrió el legendario barrio porteño y lo señaló como una futura promesa turística.

Hay ciertos requisitos para convertirse en el nuevo barrio más cool de una ciudad: una serie de cafés que acatan la norma de ser una combinación particular entre acogedores y algo pretenciosos, chefs que mezclan lo innovador con lo fotogénico, y tiendas tan auténticas que cuando los alquileres aumentan, que inevitablemente lo harán, deben cerrar. Pero también debe tener peculiaridades. Chacarita, que siempre fue visto como un barrio de bajo perfil de Buenos Aires, tiene muchas”, afirmó Seth Kugel, periodista de The New York Times.

Chacarita

En su columna “Tripped Up” del periódico neoyorquino, el corresponsal estadounidense ofreció un panorama sobre uno de los más emblemáticos barrios de la ciudad de Buenos Aires. “Chacarita es un gran lugar para comprar, comer o simplemente dar vueltas sin rumbo por unos días, lo que hice a principios de este año, tanto por mi cuenta, como con mi sobrino de 19 años, Leo, quien estaba estudiando en Argentina”, detalló el periodista y explicó: “Chacarita se llama así porque su tierra una vez sirvió como huerto y sitio recreativo para los estudiantes jesuitas”.

Uno de los aspectos que al reportero le llamó la atención de la zona fueron las “casas de estilo colonial con interjecciones de art déco y brutalismo”. Pero, por lejos, la calle que más destacó el neoyorquino de todo el barrio, son las cuadras que forman parte de la arteria de Jorge Newbery. “La calle, llamada así por el aviador, es el centro de gravedad hípster, con tiendas, cafeterías, bares de vermut y un restaurante vegano, Donnet, que sirve un menú degustación de unos 19.000 pesos por persona que gira casi en su totalidad alrededor de los champiñones”, puntualizó Kugel.

Chacarita

“Un lugar que solo visite dos veces, el club de fotografía-museo llamado Museo Fotográfico Simik. En una visita por la tarde, observé los gabinetes llenos de cámaras antiguas, y luego pedí un café y un postre tradicional de batata y queso, en una mesa que sirvió como base de una ampliadora fotográfica Durst M605, una máquina descomunal que antes solo se veía en los cuartos oscuros del siglo XX”, señaló el norteamericano y continuó: “Al día siguiente, volví con Leo y algunos amigos, fuimos de vuelta para escuchar jazz, en medio de Kodak Instamatics más viejas que yo, y máquinas de daguerrotipo, más viejas que cualquier persona viva al día de hoy”.

Con cierto humor, la nota menciona sobre la travesía gastronómica en diferentes puntos del barrio. “Vale la pena el paseo por el lado antiguo de Chacarita, con un ambiente más pragmático y comidas más baratas. La rebanada de fugazzeta de Santa María de queso y cebollas ligeramente quemadas cuesta 1600 pesos, y bien los vale; un churro relleno de dulce de leche de la Fábrica de Churros Olleros cuesta solo 350. Pero particularmente disfruté mi almuerzo de carne con papas fritas, que costó 3400 pesos, en la Colonia 10 de Julio, el tipo de lugar donde el piso se ve sucio incluso después de haber sido trapeado”.

Chacarita

El tradicional vermú fue un descubrimiento para el visitante, sobre ello se refirió: “Nos metimos en la última mesa de la acera de Sifón restaurante, un lugar que lleva el nombre de los sifones de agua de soda reutilizables que a un neoyorquino le puede parecer algo sacado del Museo Tenement, pero todavía están en amplio uso en toda Buenos Aires para agregar tu propio spritz a las bebidas con base de vino, como el tinto de verano, también llamado vermú”. Por último, Seth Kugel mencionó las reformas edilicias y el crecimiento inmobiliario de la zona, un fenómeno que curiosamente va de la mano por la afluencia ascendente de visitantes que ubicaría a Chacarita en una promesa turística.

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