Diariamente aparecen en los medios de comunicación noticias sobre delitos protagonizados por menores de edad. Los “pibes chorros” son una triste realidad. Con mucha frecuencia se desplazan en una moto robada, son “motochorros”. A éstos se suman los ejércitos de sicarios -soldaditos- de los clanes narco. En muchas ocasiones el robo incluye un asesinato. Así como se viola el séptimo Mandamiento de la Ley de Dios, porque el valor natural de la propiedad ha sido desplazado, la vida humana ha perdido su carácter intangible. Niños y adolescentes matan con una frescura asombrosa.

La gente que conserva el auténtico sentido de la realidad no se siente segura, y exclama interrogando: ¿en qué mundo vivimos? Sociólogos y filósofos intentan esbozar una interpretación, y buscan las causas de la situación aquí apuntada. Cabe el plural de causa, porque la complejidad del asunto no puede ser reducida a un solo nivel de razones. Señalo, de paso, la rapidez de los cambios y el contraste con la tranquila recurrencia de los fenómenos sociales. Aun cuando la historia registre revoluciones y catástrofes provocadas, no se había producido hasta ahora la ausencia del sentido auténtico de la verdad humana. Aquí reside el problema: jóvenes –niños, incluso- que no han sido formados en el reconocimiento de esa verdad.

LAS CAUSAS

El fenómeno que englobo en la figura de “pibes chorros” responde a tres causas principales: no hay familia, no hay escuela, no hay Iglesia. La realidad natural de la familia ha sido alterada: ya no hay exclusivamente esposa y esposo, mujer y marido, sino “parejas”, muchísimas veces desparejas. Apunto a la realidad del matrimonio como origen de una familia verdadera y estable; los hijos son su fruto, protegidos y formados para el empeño correcto de la libertad. Recuerdo ahora un mensaje memorable de Eva Perón, de los años ’40: “Nuestro siglo será considerado el siglo del feminismo victorioso; la victoria del feminismo consiste en la indisolubilidad del matrimonio y la presencia de la mujer en el hogar”.

Palabras que son un reflejo del humanismo cristiano. En nuestro tiempo sobreabundan las familias incompletas; por lo general, la mujer sola con uno o dos hijos, o más bien con una nueva “pareja”, y muchas veces hostigada por su ex. Ya no es la familia el ámbito natural de la educación, de la formación de la personalidad de los hijos. La figura del padrastro puede resultar siniestra, especialmente para las hijas mujeres. La calle ocupa el lugar que le reserva una familia que no es tal. La educación que recibe lo prepara de modo que repita el ciclo de una familia disfuncional, o para el delito.

En Rosario, la “capital narco”, los pibes se convierten en “soldaditos”, al servicio de una “orga”. No exagero. Enfocando el problema en su conjunto, vale la afirmación: no hay familia. El contexto lo muestran las estadísticas: en la Argentina, el 48 por ciento de los habitantes vive en la pobreza, y casi un diez por ciento en la indigencia. El futuro está en riesgo.

La segunda causa que apunto es el defecto de la escolaridad. Los menores que cometen delitos suelen ser desertores de la escuela, que no han cumplido enteramente el ciclo primario.

Hay que reconocer que, a pesar de sus defectos, la concurrencia a clase acostumbra a los chicos a vivir en un ambiente que socializa y ayuda a distinguir el bien del mal. La alternativa a la escuela es la calle. A pesar de las limitaciones propias del laicismo escolar, impuesto en nuestro país en el siglo XIX, se transmite en la escuela una moral natural, se enseña a respetar la propiedad ajena, y el valor de la vida. Actualmente este sistema está en crisis, y acompaña la decadencia general de la Argentina; en este contexto aparecen los “pibes chorros”, capaces de matar para apoderarse de una mochila, o de un celular.

LA DESCRISTIANIZACIÓN

No hay Iglesia –he escrito-. Quiero decir que la descristianización de la Argentina ha establecido una grieta entre la Iglesia y el pueblo. ¿Es el nuestro un país católico? El padre Leonardo Castellani lo calificaba de catolicismo “mistongo”, o sea, poco serio. Notemos dos problemas bien arraigados que se han impuesto como figura de la realidad secular: la inmensa mayoría de los bautizados no va a misa los domingos (¿concurre el cinco por ciento?), y la Primera Comunión se ha convertido en la única; entonces la comunidad eclesial no crece.

Hoy día, además, disminuye el número de bautismos. Tradicionalmente los políticos no han entendido el sentido del artículo dos de la Constitución Nacional: el Estado sostiene el culto católico. Han reducido este principio, que manda proteger y fomentar, a “tirarles unos mangos a los curas”, beneficio económico al cual el Episcopado acaba de renunciar. Esta decisión señala la elección de una pobreza material, que hará imposible una eficaz evangelización de la sociedad. Los obispos de la Conferencia Episcopal Argentina tampoco entienden el famoso artículo segundo de la Constitución. El catolicismo se empareja con las demás religiones, ya no será “mistongo”, sino ajeno a la comunidad nacional, no habrá Iglesia para ella, ¡Viva el Vaticano II! Una parroquia que funciona, especialmente en los barrios, es un ámbito de educación; se aprende allí a seguir a Jesucristo, y se incorporan, de un modo vital, los Mandamientos de la Ley de Dios. Allí se cristianiza la sociedad. Los católicos piensan que a los curas los mantiene el gobierno, y son reacios a meter la mano en el bolsillo para colaborar.

El Episcopado ha concluido su Semana “sinodal” con un documento sociológico de crítica del gobierno, al cual obviamente no nombra. “La Nación” da cuenta de él en la página 20, en la Sección de Política. En ese texto se nos invita al amor, y a la alegría (a “todos, todos, todos”, según aclaró el secretario general). Eso sería el Evangelio.

Volviendo al caso de los “pibes chorros” muchos proponen una solución desesperada: bajar la edad de imputabilidad, de los 16 como es ahora, a los 14 años; o a menos aún, quizás. Así se llenaría la cárcel de chicos, los cuales allí –o en el lugar donde se los concentre-, perfeccionarían su “arte” de delinquir.

Por eso, insisto con la solución verdadera, un camino arduo y costoso: que haya familia y en ella se eduque, y que en la escuela se instruya y se aprenda, sin ideología. Y que la Iglesia recupere su lugar entre la gente; y que, como ordenó Jesús a los Apóstoles, haga a los hombres, a la mayoría de los argentinos, cristianos de verdad.

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