Durante el siglo XX el movimiento estudiantil se transformó en la Argentina en un sujeto político reconocido que alcanzó su esplendor en unidad con el movimiento de trabajadores a fines de los años sesenta y comienzo de los setenta. Obreros y estudiantes se movilizaron en unidad contra la dictadura, en su cenit protagonizando “azos” que alumbraron el socialismo. En estos días donde ese sujeto social ha reaparecido en las calles estruendosamente, advertimos que no estaba muerto sino invernando, esperando su ocasión para salir nuevamente al ruedo. En ese sentido, esta es una oportunidad para refrescar algunos hitos de su rica historia. Por Juan Sebastián Califa (UBA-CONICET).


Reforma Universitaria

La Argentina de 1918 era un país con alrededor de 8 millones de habitantes y poco menos de 10 mil estudiantes universitarios distribuidos en tres casas de altos estudios nacionales, Córdoba, Buenos Aires y La Plata (Tucumán y Litoral todavía eran universidades provinciales). En la primera universidad, la más anticuada en cuanto a su sistema de gobierno, los universitarios no llegaban a mil. ¿Cómo pudo tan minúscula población conmover el país? En primer lugar, revelándose desde un lugar destacado a capa y espada contra una rígida autoridad externa a las facultades, las academias, absolutamente reacia a cualquier cambio. En segundo lugar, buscando el apoyo de sus pares, conformando la Federación Universitaria Argentina (FUA). En tercer lugar, presionando a un gobierno de Yrigoyen que sin ser remiso a sus reclamos, sí se mostraba muy titubeante a la hora de la acción política. Finalmente, proyectando alianzas, centralmente con el movimiento obrero local tras el 15 de junio cuando el estudiantado impidió la trampa que le tendió la reacción cordobesa al designar rector a Nores Martínez, enemigo declarado de los jóvenes insurrectos. Los estudiantes fueron a las calles con los obreros y ocuparon la Universidad. Unos meses después esas luchas dieron su fruto y la reacción fue derrotada en la Universidad. Los estudiantes obtuvieron el cogobierno y sus militantes más radicalizados bregaron por inscribir este proceso en una lucha popular más amplia. Como bien aclaró Deodoro Roca en el ya célebre Manifiesto Liminar, “los dolores que quedan son las libertades que faltan”.

Con estos bríos, la Reforma se convirtió en un faro para los estudiantes latinoamericanos deseosos de transformar sus casas de estudios y, más aún, ansiosos por remover el atraso y la dependencia ancladas en sus sociedades. Perú y Cuba, con las figuras señeras de Raúl Haya de la Torre (radicalizado pocos años después por Mariategui) y Julio Antonio Mella, marcaron los momentos cumbres de esta radicalización universitaria continental. Desde entonces la Reforma Universitaria ha permanecido entre nosotros.

Peronismo

Las décadas posteriores a la Reforma vieron aparecer en la Argentina un movimiento estudiantil cada vez más organizado. Los centros de estudiantes en las facultades y las federaciones locales hasta escalar en la FUA fueron el puntal de esta organización. Distintas líneas dentro del reformismo disputaron su dirección. Siempre existió un sector concentrado en la tarea gremial y otro que, sin desdeñar las labores sindicales, pretendió desplegar sus alas en la lucha social y política más general. Este debate no se dio en el vacío, sino en medio de crisis e intervenciones de gobierno.

Sin duda, el momento más político se registró tras el golpe de Estado de 1943 cuando las universidades fueron intervenidas con personal que aportó el catolicismo y los centros de estudiantes proscriptos en las facultades. En ese contexto, para sus militantes resultó imposible diferenciar la lucha contra la dictadura oscurantista de la ascendente figura de Perón. Para el 17 de octubre de 1945 esa lucha estaba muy definida y abrió aguas con el movimiento obrero que costaría muchos años cerrar.

La separación con los trabajadores fue un daño no deseado por la militancia estudiantil. En el medio se sucederían ataques, expulsiones y encarcelamientos que cimentarían una larga resistencia al gobierno. La autonomía universitaria sería arrasada por sus enemigos históricos, los nacionalistas católicos que por ahora se contaban en las filas oficialistas. Iniciada la década de 1950 el gobierno impuso la gratuidad de los estudios y liquidó el examen de ingreso. La matrícula universitaria prácticamente alcanzó los 140 mil. No obstante, la proporción ingreso/egreso empeoró.

Mientras tanto, el movimiento estudiantil opositor abandonaría el antiimperialismo, reconvertido de hecho en un panamericanismo liberal. Los comunistas, de relación ambivalente con el gobierno, quedarían marginados de la dirección reformista que, no obstante su delicada situación, seguía mostrando más músculo político que sus nuevos competidores oficialistas, la Confederación General Universitaria (CGU). El golpe de Estado de 1955 que puso fin a este período contó con la colaboración de este reformismo, aunque lejos estuvo de clausurar el vínculo con el peronismo. Lo peculiar del mismo fue la alianza que objetivamente este estudiantado trazó con la Iglesia Católica, ahora opositora. Esta unidad no tardaría en eclosionar.

Laica ó Libre

La dictadura autoproclamada libertadora impulsó a fines de 1955 un decreto con fuerza de ley –el 6.403– que no sólo devolvía la dirección estudiantil a quienes habían sido desplazados bajo el anterior gobierno, obteniendo una autonomía inédita, sino que se propuso modificar también el sistema universitario de raíz, al introducir mediante el artículo 28 la posibilidad de que las casas de altos estudios privadas otorguen diplomas habilitantes para el ejercicio profesional, hasta aquí una prerrogativa de las siete universidades nacionales. La medida fue lanzada desde el Ministerio de Educación capitaneado por Atilio Dell’ Oro Maini, de larga trayectoria en organizaciones católicas, y muy resistida en las filas reformistas. Finalmente, el artículo no se aplicó y tanto el ministro como el rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA), el socialista José Luis Romero, debieron renunciar en mayo de 1956. Esa coyuntura fue pariendo una nueva generación estudiantil que comenzó a distanciarse del gobierno y que, consolidada su ala izquierda, a la postre conquistó la dirección del estudiantado desplazando a los sectores liberales más cerrilmente antiperonistas.

El segundo episodio de la llamada “Laica o Libre” se registró en septiembre de 1958, esta vez bajo el gobierno de Arturo Frondizi. El presidente recién asumido creyó conveniente reinstalar el artículo 28 para así ganar apoyos a su política de introducir las inversiones extranjeras como palanca del desarrollo nacional. Este toma y daca con la Iglesia Católica le granjeó una crítica furibunda de parte de los reformistas universitarios que en buena medida durante la campaña electoral lo habían respaldado. Si la introducción del gran capital yankee se vivió como una desilusión, este anunció fue la gota que rebalsó el vaso y que marcó una sentida traición.

Las movilizaciones de ambos bandos fueron muy grandes en todo el país, incluyendo a estudiantes secundarios muy involucrados. El cénit se alcanzó a mediados de mes y en ese marco los “laicos” movilizaron no menos de un cuarto de millón de personas el 19 de septiembre en la Capital Federal. La relación con el movimiento obrero resultó controvertida, no sólo porque subsistían las reyertas en torno al peronismo, sino también porque la dirección del movimiento laboral, pronto se la conocería como burocracia, estaba aún agazapada bajo el frondicismo y tampoco era indiferente al catolicismo. No obstante, un tema que merecería explorarse mejor, hubo unidad en la lucha en otras ciudades del país como pudo registrarse, por ejemplo, en Rosario.

Si bien el artículo 28 se retiró, bajo nuevo diseño legal las universidades privadas con mayoría católica lograron imponerse en el Congreso y en una década, como habían sospechado los reformistas, pudieron librarse por completo de la reglamentación que obligaba a sus egresados a dar examen frente a un tribunal público para avalar sus títulos.

El primer lustro de los sesenta fueron años de consolidación del estudiantado de izquierda. En algunas unidades académicas, sobre todo porteñas, se llevaron a cabo procesos de transformaciones inéditos que otorgaron a la ciencia un papel promisorio. Los reformistas acompañaron este cambio, pero progresivamente establecieron distancia del “cientificismo” que echaba mano a recursos extranjeros, las famosas fundaciones, para sostener investigaciones que en el país carecían de financiamiento. La cuestión presupuestaria, más globalmente, se volvió en un tema ríspido que motivó importantes movilizaciones bajo el gobierno de Illía.

En este transcurso, la Guerra Fría se fue imponiendo en las lecturas de la burguesía sobre la Universidad y de modo creciente esta institución fue observada con el prisma del anticomunismo. Así, desde sus filas las presiones de intervención de las universidades nacionales se hicieron recurrentes. Finalmente, un mes después del golpe de Estado del 28 de junio de 1966 que instaló a Onganía en el sillón presidencial en el marco de la autoproclamada “Revolución Argentina”, se concretó esta intervención que terminó con la autonomía y el cogobierno universitario. La llamada “Noche de los Bastones Largos” en la UBA devino en el símbolo de la brutalidad interventora. Unos meses después la dictadura pudo recuperar las calles en todo el país, a costa de incrementar la represión. En Córdoba, donde las protestas alcanzaron su auge, la policía se cobró la vida del estudiante y obrero fabril Santiago Pampillón.

Los “azos”

La derrota que sufrió el movimiento estudiantil conllevó un balance de lo actuado que proyectó un fuerte debate interno en un cuerpo estudiantil que superaba los 200 mil universitarios. Muchos grupos se separaron, aparecieron otros desde el catolicismo como el integralismo y humanismo y una porción renegó de su identidad reformista. La escisión más relevante, que diezmó sus filas universitarias, se dio en el comunismo, la primera minoría en el estudiantado, surgiendo de esta el Partido Comunista Revolucionario (PCR), unos años más tarde identificado con el maoísmo. Aparecieron también los nacionales, como se conoció al peronismo entonces, pero todavía muy fragmentados.

La conmemoración del cincuentenario de la Reforma Universitaria durante 1968, en medio de enfrentamientos callejeros con las fuerzas del orden, fungió como un hito para un estudiantado que a partir de entonces pasó a la ofensiva, incluyendo la relación con la recién nacida CGT de los argentinos. La nueva centralidad se advertiría a todas luces con el Cordobazo al año siguiente cuando los estudiantes se sumen a fines de mayo al activismo del movimiento obrero de Córdoba en un desafío a la autoridad que la dictadura sólo podría frenar enviando al ejército a la provincia mediterránea. Este episodio estaría precedido de otros en Corrientes y Chaco, Rosario y Tucumán, donde el movimiento estudiantil de izquierda jugaría un rol sobresaliente. Posteriormente, en septiembre, Rosario escribiría un Rosariazo a esta historia. En los próximos años los llamados “azos” se irían acumulando a una lista en el país que sumó más de cuarenta hechos de masas.

En muchos de estos levantamientos, sobre todo los sucedidos en las ciudades donde había vida universitaria, el estudiantado jugaría un papel destacado. Tucumán sería la provincia donde las luchas estudiantiles alcanzarían mayor virulencia. Se trataba de un territorio devastado por la mentada política de racionalización de la dictadura que implicó el cierre de cuantiosos ingenios azucareros y conllevó una enorme desocupación. En ese marco, las fuerzas estudiantiles se aliaron a la resistencia obrera, llegando incluso a ponerse a la cabeza de la lucha, como lo mostró el Quintazo en junio de 1972, protesta desatada en la Quinta Agronómica de la universidad al final de este proceso insurreccional.

En el plano propiamente universitario, las luchas contra la limitación al ingreso fueron un conflicto clave en esos años. Los grupos reformistas, comunistas en plena reconstrucción y socialistas y radicales, sacaron ventajas aquí sobre otras formaciones de izquierda y sobre un peronismo que se mantuvo al margen. El éxito de sus luchas derivó en un claustro universitario que sobrepasó los 300 mil y que agregaría más de un decena de nuevas universidades. En paralelo, los reformistas se lanzaron a reconstruir los centros de estudiantes que la izquierda no reformista y el peronismo habían dado por muerto, propiciando sobre todo los primeros los cuerpos de delegados por cursos que tan rápido como subieron declinaron.

Sin embargo, ya para 1972 la lucha electoral hundió las protestas de todo tipo. En ese marco el joven peronismo universitario ganó notoriedad. Al año siguiente con Cámpora presidente se conformó la Juventud Universitaria Peronista (JUP). A fines de 1973, con Perón ejerciendo su tercera presidencia, la JUP participaría de las elecciones de centros en la UBA, conquistando la mayoría. En el resto de las universidades nacionales su presencia en las filas estudiantiles resultó débil, y recién durante 1974 conseguiría en algunas universidades -se destaca lo sucedido en Santa Fe y La Plata- una mejor performance, aunque lejos de repetir los guarismos porteños. El reformismo, entre tanto, seguiría ocupando un papel protagónico y de hecho la JUP, distanciada del líder, se aliaría con el comunismo y un sector del radicalismo para consolidar su ascenso. La federación nacional que proyectó junto a sus socios para desplazar a la FUA no lograría ese objetivo.

Todo este proceso resultaría tan vertiginoso como efímero: durante 1975 la represión consolidada bajo el gobierno de Isabel Perón haría muy difícil militar en la universidad y el activismo perderían inserción, con un derrumbe notorio del peronismo. El golpe de Estado de marzo de 1976 marcaría un quiebre al cerrar este ciclo de luchas ya muy mermado desde la asunción de Perón a su tercer gobierno.

Los estudiantes: un actor político destacado en la historia argentina

Este conciso repaso por algunos episodios destacados de la historia estudiantil durante el siglo XX advierte acerca de la importancia que ha jugado este actor en la historia argentina. En general, sus apariciones en la escena pública han gozado de gran repercusión. En no pocas ocasiones la Universidad pública se convirtió en un canal de expresión de otros actores, corrientemente capas medias, que encontraron en la lucha universitaria un modo de expresar su propio malestar con el oficialismo de turno. En los momentos más estruendosos de este ascenso su movimiento estudiantil compuso alianzas con la clase obrera que cuando llegaron a las calles se hicieron imparables y dejaron una huella imborrable en la Argentina.

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