Lo llamaban punk pero no había pogo, sino cuerpos que se movían, cada uno en su lugar. Nadie sabía cómo bailar: era todo nuevo. No había matriz; era una revelación, tema a tema.

por MARIANO DEL MAZO

Con el rostro empolvado, los labios pintados de rojo, Geniol está ahí. En cuclillas, las calzas bajas, la escupidera de loza en el piso, la guitarra de goma a un costado. Suena la parte funk de “Una noche en New York City” (“Oh Papá. Papá y Mamá…”) y es como una furia desatada que se extiende en el tiempo a la manera de una jam punk. Cuatro, cinco, ¿diez minutos? Luca Prodan se bambolea, gorila, y sopla la trompeta que lleva en la mano derecha como un arma. Lo que ocurre tiene el efecto de una fuerza centrífuga. Un sistema cerrado. Una implosión en un cuadrado de cinco por cinco. Nada parece que vaya a salir de su lugar. Se despliega un caos, digamos, armónico, que suma al saxo de Roberto Petinatto. Anteojos negros, barba bifronte, mameluco naranja, el futuro entrepeneur toca distante, algo ajeno y emparda por momentos la centralidad del cantante. Diego Arnedo es un volcan de slap: le pega al bajo como nunca se había visto en la Argentina de Pedro Aznar. Con rictus zombie Germán Daffunchio lleva adelante una guitarra rítmica cadenciosa y Alejandro Sokol trata de no perder la huella rítmica desde la bateria. Geniol dice lo suyo -“Un pseudo punkito con el acento finito, quiere hacerse el chico malo. Tuerce la boca, se arregla el pelito. Toma un trago y vuelve a Belgrano”-, sube las calzas, pasa el dedo índice por el fondo de la escupidera como escatológico Chiquizuel y desparrama una sustancia marrón por su cara blanca. Como si nada hubiera pasado, toma la guitarra de goma y sigue la performance, el contoneo. Hay algo patético en ese mimo punk. La tristeza del payaso. En su labio inferior se clava un falso alfiler de gancho.

Terminó la guerra. El dolor de Malvinas es también dolor de parto. La democracia asoma entre el hastío y la bronca. Las calles dejan de ser páramos siniestros de sirenas en la noche. Son las tres de la mañana, hace frío: la primavera del 82 tarda en arrancar. Arriba de una peletería, sobre la avenida Cazón, Tigre, en un boliche llamado Machine, una banda desharrapada pone en escena un eléctrico ardor. Algo nuevo, único, pero con una pulsión ancestral. Son golpes de palos y piedras en una caverna. Un estertor de otras latitudes. No lo sabe, no lo puede saber, pero esa gente pondrá el rock patas para arriba: “Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos”. Todo el mundo habla de “rock nacional” porque todo es “rock nacional”: Piero y Riff, Pinocho Mareco y Badía, el Dúo Fantasía y Orion’s Beethoven, las zapatillas Flecha y hasta Sandra Mihanovich y Víctor Heredia. Ya la Pelo había anunciado el BA Rock para noviembre. Pero acá en Machine se enciende la pantalla del mundo nuevo. A meses de Malvinas este tipo al frente de esta banda canta en inglés. Y cuando lo hace en español, es en un acento cocoliche que muerde palabras: “conchetas”, “asco”, “ginebra”. Muerde palabras y las escupe. ¿De dónde salió?

Tres días atrás había detenido mi regreso a casa un afichito pegado en un poste de luz de la esquina del colegio que decía: “Sumo en Tigre. El punk que llega de Londres”.

El punk era un rumor. Me interesaba: simple curiosidad frente a lo desconocido. La Razón había publicado una serie de notas –cables picados, se diría en la jerga periodística de entonces- sobre la vida y muerte de Sid Vicius, “el bajista del conjunto punk Pistolas Sexuales”. El diario llegaba puntualmente a las seis de la tarde a casa, y mechaba noticias de rock en Internacionales. Después me intrigó una nota de Alfredo Rosso en el Expreso Imaginario. Yo era un pibe prototípico del conurbano: fútbol, música, libros. Más cercano a un perfil levemente politizado que a cualquier traza contracultural. El punk, o la idea del punk, provocaba mi curiosidad, sí, pero al mismo tiempo rechazo. Me parecía inverosimil el costado más circense de la cosa, la postal: las crestas, el piercing, los escupitajos, el pogo. Ya empezaba a cambiar la piel musical: no con el punk, pero sí con el post punk y la new wave, que llegaba a Buenos Aires por goteo. Más que cambiar la piel, sumaba capas de gusto y sentido. Suena a disparate, pero así fue: en mí convivían Moris, Charly, Spinetta, Aquelarre, Pedro y Pablo, Beatles, Zeppelin, Genesis, Mercedes Sosa, Troilo, Piazzolla y hasta el Silvio Rodríguez clandestino. Entre la fascinación que nos provocaron los discos solistas de Peter Gabriel y Face Value de Phil Collins, mi amigo Tacha me había hecho escuchar en su casa de Martínez Regatta de Blanc y Zeyatta Mondatta de The Police. Me partieron la cabeza. También sonaba Blondie y Discipline de Kim Crimson.

Entonces el afichito: “Sumo en Tigre. El punk que llega de Londres”, como anzuelo. En aquellos tiempos con Néstor y Hernán éramos como hermanos. Estábamos todo el tiempo juntos. “Nunca el colegio, siempre la vida”, cantaba Moris. Caminábamos, tomábamos trenes, experimentábamos, tensábamos límites, aprendíamos acordes en la guitarra, algo en el piano de Hernán, íbamos al Centro sin motivo, nos pasábamos casetes y revistas, de Uno Mismo y Mutantia a Humor y Pelo. Por esa época empecé a comprar El Porteño.

Pasión, gracia y fuego: el irrepetible ritual de ver a Sumo en vivo.

Hice el secundario en dictadura, entre el Mundial 78 y Malvinas. Fue en el Comercial de San Isidro, una escuela pública con uniforme y pelo corto, como se estilaba en la época. Soy de Florida: naturalmente iba a ir al Nacional de Vicente López, pero mi madre había quedado fascinada con la experiencia en el Comercial de un primo un año más grande. Quedaba –queda- sobre la calle Martín y Omar, a tres cuadras de la estación de tren y a unas cinco de la plaza que se desplegaba con su reloj floral barranca abajo desde la catedral. La Iglesia tenía una tremenda influencia sobre el colegio. Al punto que no parecía una escuela laica. Mi viejo me decía: “En tu escuela son todos chupacirios”. Yo detestaba cada una de las liturgias. En perspectiva, observo ciertos rituales con una vara ambigua: la grey católica no era uniforme. Estaba la medieval Tradición, Familia y Propiedad, pero también cierta izquierda paquete. De San Isidro salieron disparados hacia las organizaciones armadas chicos y chicas que crecieron con la Biblia en la mesa de luz. Una mañana de 1980 nos enteramos de que un vecino discreto y célebre había ganado el Premio Nobel de la Paz. Adolfo Pérez Esquivel y su prole pisaban fuerte esas calles empedradas: eran calles históricas, con farolas coloniales, densas. Pérez Esquivel era para la dictadura poco menos que un guerrillero subersivo. Esas calles, esas casas, constituían la fachada de acciones de resistencia que se iban conociendo como secretos quebrados. Todo en San Isidro era asordinado: medias voces de alarma, de denuncia, de complicidad. Enfrente del colegio estaba la casa de los Puccio. Más allá chuparon a un chico del Nacional. ¿Curas pedófilos? ¿Dónde? Por ahí viven los Farías Gómez. ¿Y los Figueroa Reyes? Yendo por la 9 de Julio, en el pub Las Brujas, los miércoles Mario canta canciones prohibidas de Violeta Parra, María Elena Walsh y Roque Narvaja: “Victoria, Victoria, Victoria… Tu nombre es un grito de lucha y de gloria”. San Isidro: al fin, una comarca de gritos y susurros, santos y demonios, de los Beccar Varela a los Oesterheld.

En el barrio empezaron a aparecer grafitis con la palabra punk. No sabíamos exactamente de qué se trataba, pero sospechábamos que era la contracara de la música disco y el rock; a su vez, enemigos. En 1979 cursaba segundo año, y había escuchado que alumnos de cuarto y quinto tenían o seguían a una banda que después se llamaría Los Laxantes. De eso hablaba con mi compañero de año Marcelo Rodríguez. Coincidíamos cada mañana rumbo al colegio en el 365, un bondi oscuro, mellizo del 203, mitad colectivo, mitad micro de larga distancia. Yo lo tomaba en el Puente Saavedra y Marcelo se trepaba en Olivos. Evitabámos el 60, siempre lleno. Durante el viaje hablábamos de música: mencionaba bandas para mí ignotas, como Talking Heads y Van der Graaf Generator. Nos contábamos los anhelos: sueños compartidos. El me hablaba de su deseo de formar una banda. Nos sentamos juntos ese segundo año; después se fue del colegio. Al poco tiempo me enteré de que era alguien en la escena punk: aparecía como Marcelo “Klash”, frontman de la banda Valió la pena. Es un artista de culto. Sergio Rotman es medio fan de él. Nunca más lo vi, me dijeron que vive en Brasil.

San Isidro como usina del primer punk criollo. Al fin, un agujero negro que abducía tendencias políticas y culturales de la época. La historia es conocida: había que disponer de dinero para estar informado. Si algo sobraba en San Isidro era dinero, y tipos que viajaban por el mundo y traían discos y revistas a sus hijos que, secretamente, los detestaban. La fórmula plata dulce, negocios & punk funcionaba la paradojal trama que de alguna manera ligó a Martínez de Hoz con Johnny Rotten. Bolas de destrucción. La historia creció con ilustres desconocidos y músicos de apodos célebres como Stuka y Gamexane, o el propio Jorge Serrano, que rastrillaba la calle Belgrano con orgullosos elepés de The Clash. Entonces, en el poste de luz, el afichito de Sumo: un monumento a la ubicuidad. Estratégico, a metros del colegio. En el corazón del nacimiento del punk. ¿Cómo no íbamos a ir a Tigre? Si íbamos a todos lados. Al Club Social Beccar a bailar cumbia y conocer veteranas de 25. A ver a una banda como los Psicoplásticos, con el inolvidable líder y cantante Pizza (¿o los Psicoplásticos fue más adelante?). A ver Tigre o a Platense a Victoria o a Florida. Al Puerto de Olivos como clausura de la noche a contemplar el amanecer. A la calle Florida, cerca de Plaza de San Martín, a los locales de Yamaha, a pedir permiso para tocar esos teclados de tres pisos y sentirnos un rato Tony Banks. Entonces vamos: Sumo, punk de Londres, el 60, avenida Cazón y Dios proveerá.

El que puso “El punk que llega de Londres” en el afiche sabía qué ponía. Era una verdad a medias, pero una verdad. El perfume de Sumo era inglés. Yo no me voy a olvidar jamás lo que vi y escuché esa noche en Machine. Pero tampoco lo que sentí: era una onda. Algo complejo de contar, impalpable, abstracto. Luca funcionaba como una totalidad: un aleph que contenía a Ian Curtis y a Peter Hammill. Y a muchos más. Yo en la voz y actitud de Luca llegué a pensar en el cantante de Madness. Y por supuesto en Jim Morrison. Siempre me pregunté por qué no hizo un cover de “The End” (tal vez se hubiera escuchado obvio). Luca proyectaba luz como un rayo; cada uno la descomponía en su propio prisma.

Estamos ahí con Néstor y Hernán. Hay una barra decadente, unos taburetes. El concierto es furibundo y abre ventanas. Suena “De Be De” (Disco Baby Disco)… ¿A esto llaman punk? ¡Esto es música bailable, de chetos! Luca canta “Redemption Song” de Bob Marley. Hace uno de los temas más desoladores y demoledores del mundo, el enganchado “Teléfonos que suenan en piezas vacías/ White Trash”. El mix sintetiza la noche: la melancolía extrema de un teléfono que nadie atiende porque quien debe atender ya no está y el pogo deWhite Trash”. Pero no hay pogo: hay cuerpos que se mueven como pueden, cada uno en su lugar. Nadie sabe cómo bailar: es todo nuevo. No hay matriz; es una revelación, tema a tema. Acaso fugaz. El No future también le cabe a esta banda, ¿por qué no? Tantos cracks que no llegaron… Somos pocos. Nadie entiende cabalmente qué es lo que acontece ante nuestras narices. Luca habla, tropieza con las palabras y saca la credencial punk con “Fuck You”. Ahora sí: el punk que llega de Londres. ¿Hicieron un cover de “Stand By Me”? Es un quinteto temerario: cada uno de los cinco rostros configura el estereotipo del presidario o el marinero. Personajes abismales que en escena logran que ocurra el milagro de la alquimia.

Todo terminó. Recuerdo que saludé a Geniol y le pedí el alfiler de gancho. Lo conservé por años. No nos atrevimos a Luca, y eso que estaba ahí, sobre un taburete, bebiendo. Ya sobre Cazón buscábamos palabras que no teníamos. Avistamos un plato volador y quedamos tomados por una carga energética. “Yo me acuerdo puntualmente lo que sonaba el bajo de Arnedo”, me dijo hace unos días Hernán. Lo llamé a él y a Néstor para tratar de reconstruir la noche transfigurada. Hablé con Oscar Jalil, el gran biógrafo de Luca, para no errarle algunas fechas. Me dijo, sabio: “Lo importante es tu relato. ¡Qué interesan las fechas! Volvamos a cuando no había internet”. Los testimonios fueron cinta scotch del espejo roto del recuerdo.

Luca escoltado por un muy joven Daffunchio y el metronómico Superman Troglio.

Caminamos en busca del 60. Nos juramos ver a Sumo donde cuadre. Cumplimos. Lo vimos en lugares insólitos, y también en Látex, en La esquina del sol. Sumo creció de manera simultánea a los Redonditos. Compartían público. Patricio Rey expresaba la cara política, más intelectual; Sumo la anarquía. Luca parecía congelado en ese rostro de bebé perplejo, esa mirada honda y triste, esos mohines callejeros y aristocráticos, siempre en el filo que separa la brutalidad de la ternuna. Siempre se mostraba con una ginebra en la mano. Todos tomaban ginebra en Buenos Aires. En los pubs, en La Paz y en todos los bares de la avenida Corrientes, los jóvenes, los viejos, los tangueros, los rockeros. Cuando lo encarábamos, Luca lucía atento, amable a su manera. Miraba a los ojos. Una vez hablamos de una entrevista que le había hecho Enrique Symns para Cerdos & Peces. En la foto se lo veía caminando justamente por Corrientes. “El viejo inventó todo”, dijo en una sonora carcajada. No era una queja: parecía no importarle nada.

Al poco tiempo entré en la colimba. Apostado en la guardia, entre el FAL y una petaquita, contrabandeaba una radio portátil en algunos de los bolsillos del uniforme verde oliva. Escuchaba 9 PM, de Lalo Mir y la Negra Vernaci. Empezaron a pasar “Una noche en New York City”, que ya se llamaba “La rubia tarada”. “Cuando salgamos te voy a llevar a ver a esta banda”, le dije una noche a Pipo Rístori, compañero de guardia, baterista, fan de Rush y de la astrología. Le conté con pelos y señales la epifanía de Machine. Le hablé de lo que eran en vivo. Rístori escuchaba, en silencio. Desconfiaba: no le gustaba el rock nacional. Yo le decía que por eso tenía que verlos: eran otra cosa. Nos dieron de alta, nos deperdigamos como conejos en libertad y nunca fuimos a ver a Sumo. Yo seguí a la banda hasta donde pude. Ya sobre el final, tal vez por influencia de la Cerdos, los Redondos empezaron a ganar la pulseada.

Por esos años empecé a trabajar como periodista. A escribir donde pintara. Entré a colaborar en Radiolandia 2000, en una redacción que evoco con mucho cariño. Con Catalina Dlugi al frente, y plumas como la de Pablo De Santis, el Turco Sdrech, Ricardo García Oliveri y el gran Fabián Polosecki, “Polo”, se la pasaba bien. Aprendía, absorbía. Era un sitio maravilloso: surrealista, variopinto, con notas que iban desde fenómenos paranormales y romances inventados hasta investigaciones históricas. Un día Catalina encaró a la redacción: “Murió Luca Prodan, de una banda de rock, Sumo. ¿Qué dicen? ¿Lo damos?”. A Polo y a mí nos cambió la cara. Sagaz, Catalina comprendió al vernos que sí, que había que hacer algo. Polosecki era el termómetro joven, contracultural, de la revista. Curtía la noche, la política, los bares de Corrientes, sabía. La nota recayó naturalmente en Polito. Había tiempo para el cierre. Estábamos compungidos, en estado de shock. Nos demoramos conversando. Le conté la noche de Tigre. Polo sabía escuchar. Al rato, se sentó frente a la Olivetti y de un tirón escribió una bellísima, sentida necrológica. Martillaba los dedos índice como poseído. Busqué el texto por todos lados, pero es inhallable. Y está bien: hay cosas que se pierden para siempre.

Vuelvo a Cazón. Tal vez Luca ya tenía inscripto el destino en esa mirada triste y profunda que vi por primera vez en Tigre. Tal vez ya sabía todo cuando cantaba “Heroin” con el pulgar hacia abajo, o cuando preguntaba en “Telefonos que suenan en piezas vacías /White Trash”: “Puedes morder las manos que te alimentan. Escupir en la cara de aquellos que te necesitan. Pero cuando seas viejo… ¿Quién te dará de comer? ¿Y cuándo estés solo?”. Sí, Luca Prodan en Machine ya sabía todo.

Me estremece el recuerdo, esas luces empecinadas en brillar entre la espesura de los años, esa niebla. Al fin, esta es una historia de fantasmas.

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