( Por Mario Wainfeld ) El gobernador bonaerense Axel Kicillof arrancó a su manera: pronunciando un discurso vibrante y pleno de contenido. Durante poco más de una hora desmenuzó la herencia de la ex mandataria María Eugenia Vidal. Descerrajó cifras y datos lapidarios, tal como había hecho un día antes el presidente Alberto Fernández.

Enfatizó el desmantelamiento del “tejido productivo”, los cierres de fábricas, el devastador efecto social del ajuste. Cuestionó la política económica del ex presidente Mauricio Macri y también la de Vidal.

Anunció que anulará un aumento de tarifas eléctricas que Vidal había dejado como regalo para las concesionarias (sus amigas de siempre) y como castigo de año nuevo para los sufridos bonaerenses. El gobierno nacional arrancará poniendo plata en el bolsillo de los “únicos privilegiados”, el de la provincia aliviándoles un sobrecosto insoportable en medio del calor y la malaria. Rindió “homenaje a los empresarios de pequeñas y medianas empresas que sobrevivieron pese a la dificultad, con creatividad, hermanados con los que trabajan con ellos”. También honró a Sandra y Rubén, los docentes que murieron en Moreno como consecuencia de un escape de gas, mientras preparaban el desayuno para pibes y pibas de su escuela. Vidal jamás se hizo cargo de esa tragedia lo que no impidió que la prensa dominante la pintara como un hada buena, sensible y cercana. Que estuvo ausente tras la masacre de San Miguel del Monte, sin impactar en dicho retrato mendaz.

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Un largo camino, muchacho: Axel prometió embarrarse y trabajar duro. Es factible creerle porque lo viene haciendo desde el precursor verano de 2016 cuando empezó a fatigar plazas y espacios públicos porteños en lo que parecía un derroche voluntarista para defender al kirchnerismo en extinción. Preparaba, seguramente sin saberlo, su infinita recorrida por Buenos Aires que le permitió primero convencer a los propios (los intendentes con aspiraciones) de que era el candidato adecuado y hasta necesario. Y luego a millones de bonaerenses que garantizaron su apabullante victoria en octubre, clave para el total del padrón nacional.

Hizo una campaña del siglo XX, militante, “caminando el territorio” en un auto standard. No contaba con sponsors ni dineros oficiales. Comentó esa desventaja sin dedicarle mucho tiempo porque lo urgía hablar con “la gente”, cara a cara, cuerpo a cuerpo. Pocos días antes de las Primarias Abierta (PASO) un columnista del staff de La Nación se burló del peronismo sin dinero ni aparato, de sus supuestos lamentos. Un colaborador del diario de los Mitre arriesgaba una hipótesis: el Conurbano profundo no votaría masivamente a “los Fernández”. Fue este año, hace contados meses. Axel los sorprendió, construyendo un batacazo, concretando las tres “G” del mejor fútbol: ganó, goleó y gustó. Llega “sin deberle nada a nadie” lo que se nota en su gabinete que es “pura política” sin “pagos” a empresarios o corporaciones.

Le toca gobernar, que es más difícil.

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Ahora dicen que los gobernadores también desdoblan la fecha en que asumen. Ya pasaba con las elecciones, a veces porque lo imponen sus leyes, otras (o las mismas) porque intuyen que les será ventajoso. Los mandatarios de la Ciudad Autónoma, Córdoba, y Santa Fe, por ejemplo eligieron día u hora diferente al 10 de diciembre para tener mayor visibilidad, sin quedar eclipsados por la jura del presidente Alberto Fernández. Kicillof se tomó un día más en la sociedad civil para difundir mejor la primera presentación en el cargo tanto como para ser acompañado por “Alberto” y por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Amanece un nuevo tópico en el relato de la derecha argentina. Instalar una contradicción ideológica, fatal, entre Alberto y Cristina. Alberto sería un republicano, moderado aunque con arrebatos populistas que habló de romper muros de enfrentamiento. CFK una populista irredenta movida por el odio y la sed de venganza. Una versión siglo XXI del doctor Jekyll y Mrs. Hyde. Ella (o “Esha” según fonética extendida en medios audiovisuales) encarna el mal. El enigma, plantean sesudos opineitors (esto recién empieza, ojo) es si el títere… perdón, el presidente se libra del influjo nefasto. La jura del gobernador será insumo para esa narrativa. El Gabinete de Axel leído como kirchnerismo puro y duro lo que incluye un prejuicio y un error.

El prejuicio es asociar al kirchnerismo con el mal. El error es no percibir que hay “históricos” colaboradores de Axel en el equipo completado con presencias de figuras bonaerenses de distintas generaciones. Fernanda Raverta, ex diputada nacional que peleó la intendencia de Mar del Plata perdiendo por poco. Y otra, más años, como la ministra Teresa García cuya militancia se remonta a tiempos de Antonio Cafiero. Recorrió cargos ejecutivos y legislativos, tiene merecida fama de trabajadora y estudiosa. Supo ser mano derecha de Agustín Rossi cuando este se desempañaba como presidente del bloque kirchnerista de diputados nacionales.

El ministro de Salud, Daniel Gollán, tampoco es un K amanecido en 2003 sino un sanitarista de prolongado recorrido. Otro tanto cabe decir de Julio Alak o Sergio Berni.

En la cancha se verán los pingos, sería temerario predecir su desempeño, sí es serio apuntar que no son novatos, ni improvisados. Tampoco el equipo de Kicillof que atravesó el segundo mandato de Cristina con bríos y sin denuncias de corrupción… ni siquiera inventos, tan en boga.

En la maratón electoral de 2019 el peronismo recuperó dos de las cuatro provincias más grandes; Santa Fe y Buenos Aires, por orden de aparición. Coordinar las políticas nacionales con las de las veinticuatro provincias es un desafío para Alberto Fernández. Contar con dos figuras “del palo” como el santafesino Omar Perotti y Axel, un plus que puede favorecerlo.

Sin plata en la caja, con necesidades tremendas, sin poder emitir pesos como la Nación ni patacones como quienes lo antecedieron en la crisis de 2001, Kicillof debe reparar el desquicio que le dejaron.

¿Se puede hablar de distopía en tiempo presente? Como licencia de lenguaje, claro que sí, luego de cuatro años de degradación económica e institucional. Macri lo hizo… y ya fue. Vidal también.

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