La situación es crítica en varias zonas del Conurbano. El Presidente reconoció que será difícil que la gente aguante más de un año esta crisis

Por José Calero

Hay una luz de alerta. No sé si la gente aguanta más de un año“. La frase no la pronunció un dirigente peronista o radical, ni siquiera del PRO o de los federalistas de Pichetto. Mucho menos de la izquierda. La dijo el propio padre del ajuste más severo que se recuerde en las últimas dos décadas, el presidente Javier Milei. Fue en una de las varias entrevistas con medios internacionales que brindó en las últimas horas, para tratar de transmitir confianza a los inversores extranjeros, preocupados todos justamente por saber si las reformas tendrán “sustentabilidad social”. Lo mismo le preocupa al FMI, que en forma inédita pide “cuidar a los más vulnerables”.

En sus últimas entrevistas con medios internacionales, Milei en todo momento insistió en que “no hay plan B” y que él no negociaba, pero en paralelo el Gobierno intercedía ante los bloques legislativos para tratar de asegurarse la votación de una Ley ómnibus que queda a mitad de camino, sin el importantísimo capítulo fiscal y, probablemente, tampoco sin las facultades delegadas en materia fiscal y previsional, según lo que se negociaba a última hora de este domingo. El resultado, si es que finalmente se vota, será pobre para un Gobierno que recién empieza, según la mirada de analistas políticos. También de algunos mileístas duros.

Tal vez Milei tendría que “bajar un cambio” al menos en los discursivo, como se lo vienen advirtiendo, o hablar menos y operar más sobre la realidad política, y practicar el arte de la negociación. Como sea, su administración se acaba de dar un “baño de realismo”, la realpolitik que necesitan dominar muy bien los estadistas. El Presidente claramente aún no lo es. Hay que tener en cuenta que es su primera experiencia en una posición ejecutiva en la esfera pública.

Alerta por movimientos de organizaciones piqueteras

Tal vez como consecuencia de ese realismo que está aprendiendo, en parte a las patadas, Milei salió a admitir que la furibunda disparada de precios de los últimos meses se puede volver un talón de Aquiles para su Gobierno.

Entre los peronistas que a lo largo de su vida pasaron sin escalas de ser menemistas, a duhaldistas, kirchneristas, cristinistas o massistas, la frase no sorprende. Hace tiempo que en encuentros casi furtivos con periodistas vienen sosteniendo que este “ajuste demencial no va a ningún lado”. “A la gente se le puede decir una vez que se sacrifique, porque supuestamente ya viene lo mejor, pero cuando se lo tenés que decir todos los días, y cada día le alcanza menos para comer, olvídate, no hay futuro”, dice un peronista en sus 70, que utiliza sus dotes de negociador en su rol de asesor legislativo. Casi un “retiro de privilegio” extra, ya que está jubilado y cobra un haber interesante.

Atención acá: organizaciones piqueteras y partidos de izquierda acaban de anunciar que irán a los supermercados a pedir comida porque los alimentos están llegando a cuentagotas a los comedores. La situación es crítica. Sergio Massa arrasó con los últimos recursos que quedaban en su desesperada carrera por intentar el sueño de su vida: ser presidente.

En el Gobierno hay creciente preocupación por el malestar social

En ese escenario, Milei, pero sobre todo la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, siguen con atención el derrotero de las clases populares en las barriadas más pobres del área metropolitana. Allí el panorama es más desolador que nunca. Lo describió Margarita Barrientos, la líder social que encabeza a diario la labor infatigable de varios comedores, como Los Piletones, y que está en la trinchera social desde hace 28 años.

“Nunca vi una cosa así. Aparecen de la nada familias enteras que, se nota, nunca habían tenido que ir a un comedor. Se multiplicó la cantidad de personas que atendemos y la comida alcanza cada vez menos. Todos los días 20 ó 30 familias se quedan sin poder comer porque la plata no nos alcanza”, dijo Barrientos en diálogo con radio Mitre. Y dio más detalles: “Antes hacías un guiso con papas, carne, pollo, verduras. Ahora tenés que conformarte con lo que hay, que cada vez es menos”.

A principios de año, la misma dirigente social -cercana en su momento a Mauricio Macri- había salido a pedir darle “tiempo” a Milei, porque recién llevaba 20 días en el Gobierno, así que no se la puede poner en la misma fila de los peronistas que aparecen desesperados porque termine rápido este “experimento libertario”, al que consideran una “falla de la historia”.

Qué pasa con los precios

El INDEC viene relevando a diario los precios de la canasta básica. En las dos primeras semanas de enero los encuestadores no salían de su asombro. “Yo viví la hiperinflación de Alfonsín, y después la de Menem, en la que las remarcaciones se hacían a diario. Te juro que lo podría comparar con aquel momento”, narra un técnico del INDEC al que se lo nota preocupado en serio. Ya no es encuestador. Ahora ocupa un cargo técnico alto. Su mirada es de desazón. Cuenta que también estaba entusiasmado con Milei, pero ahora duda de que sus políticas puedan llegar a buen puerto.

Repite lo que dijeron algunos encuestados en un sondeo reciente de Zubán Córdoba: los aumentos llegan todos juntos y sin miramientos, capaces de destruir cualquier economía. Encima, se trata de personas que ya tenían dificultades para llegar a fin de mes. El sondeo refleja una caída del nivel de apoyo al presidente. Tenía 60% al principio, ahora ronda el 52%. No está tan mal, pero sobre todo no está bien.

Alguna vez, alimenticias, embotelladoras, fabricantes de artículos de limpieza, laboratorios medicinales y prepagas -entre otros- tendrán que rendir cuentas sobre lo que están haciendo con las remarcaciones. Se aprovechan de que la competencia brilla por su ausencia en la Argentina, para cobrar lo que quieren. Pretenden recuperar en dos meses lo que el cuarto kirchnerismo les impidió en cuatro años. Es demencial, y destruirá a los sectores más postergados: la mitad de la población argentina.

La inflación se está convirtiendo en el gran talón de Aquiles del gobierno de Javier Milei

Tras la locura de las remarcaciones, la tercera semana del año empezó a mostrar algún alivio, porque la gente ya no puede comprar casi nada. Los fabricantes -claros formadores de precios por más que digan lo contrario- parecieron haberse sacado las ganas de mejorar la rentabilidad que traían desde hace tiempo, y decidieron parar un poco la pelota para evitar que se les empiece a resentir en forma terminal el consumo.

Fue notorio en el caso de las bebidas, donde aparecieron cada vez más ofertas de descuentos del 70% en la segunda unidad -35% en el total-; promociones llevando tres botellas y todo tipo de estrategias destinadas a tentar a un consumidor casi asfixiado. Ir a un supermercado en estos últimos días del mes, a pesar de que tienen muchas ofertas, es casi como presenciar el paisaje de un cementerio.

Las ventas medidas en cantidades habrían experimentado una fuerte caída en enero, que algunos empiezan a medir en un 6% y otros ya ubican por encima del 10%, cuando aún falta contabilizar la última semana de tickets. El INDEC recién dará la información de enero en marzo. Demasiado tarde para lágrimas.

Los bolsillos recibirán otro golpe fuerte entre febrero marzo. Las prepagas subirán 28%, las facturas de electricidad subirán por encima del 80% para los clientes residenciales de clase media -tal vez en dos tramos-, y a eso se sumarán las cuotas de los colegios privados, que se dispararán por encima del 100 por ciento anual.

A eso se suman los incrementos ya anunciados en colectivos, taxis, trenes, subtes. “¿Por algo se llama ajuste?”, dice un funcionario de línea media del Ministerio de Economía que ya vivió esto varias veces. El problema, como ya admitió Milei, será si la gente “aguanta”.

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