( Por Santiago Cafiero*y Nahuel Sosa **) Hablar de acuerdo social implica, inevitablemente, asumir una posición política situada y un compromiso hacia el futuro. En un acuerdo, todas las partes ceden algo y cada quien lo hace con el convencimiento de que así se potenciará un resultado, un proyecto que sólo es posible en comunión.

En cierto sentido, consiste en aceptar retroceder un paso para luego avanzar dos. Se cede para aportar al interés común de las partes, a un interés colectivo. Se trata de un acto simultáneo que enlaza a las partes como eslabones de una cadena.

Su verdadera potencia radica en la práctica concreta, en la esfera de la realización material. Pacta sunt servanda, decían los romanos: lo pactado obliga. Si un acuerdo no se cumple, pierde su esencia. Si aquello que le dio origen no se realiza, su razón de ser desaparece. Ese incumplimiento se puede producir por razones de fuerza extrema, por hechos fortuitos o por decisión de una de las partes. Pero si sucede esto último de manera sistemática, y sobre todo si la parte involucrada es aquella que tiene una responsabilidad mayor, ya no podemos hablar de un simple incumplimiento o de la ruptura circunstancial de un acuerdo: empezamos a hablar de estafa.

¿Qué sucede cuando un presidente rompe cotidiana y deliberadamente todo lo que se había comprometido a hacer durante su mandato? Esto es lo que pasó en la Argentina entre 2015 y 2019 con el gobierno de Cambiemos y el presidente Mauricio Macri. El gobierno rompió el acuerdo que tenía con todos los argentinos y las argentinas y defraudó al conjunto de una sociedad que, habiéndolo votado o no, esperaba un cambio que nunca llegó.

Si en 2015 el contrato electoral permitió que un partido distrital ascendiera meteóricamente, triunfara a nivel nacional y se transformara en una de las fuerzas políticas más importantes desde el regreso de la democracia, en los siguientes años ese contrato se hizo añicos. Ninguna sociedad puede vivir –ni sobrevivir– sin acuerdos mínimos. Por eso, ante un incumplimiento de semejante magnitud, la única solución viable en un sistema democrático es la construcción de nuevos acuerdos. Para salir de la crisis actual es imprescindible constituir un nuevo acuerdo social que transforme la frustración en esperanza. Y para eso hay que saber en qué radican los desacuerdos, que son siempre su contracara. Es aquí donde necesitamos poner atención.

No es posible un acuerdo en la Argentina de hoy que no contemple y contenga a los nuevos emergentes sociales, un acuerdo protagonizado por quienes sufrieron la insensibilidad de la élite depredadora que desplegó sus políticas desde diciembre de 2015 en adelante. Para dotar de contenido este desafío, hay que discutir sentidos, establecer prioridades, conocer a las partes. Pero, además, comprender el tiempo histórico y repensar paradigmas de análisis que ya no sirven para entender nuestro tiempo.

De las minorías dispersas a las mayorías diversas

“El hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive en todas partes entre cadenas. El mismo que se considera amo no deja por eso de ser menos esclavo que los demás”, sentenciaba Jean-Jacques Rousseau desde las entrañas de la Revolución Francesa, en una de las obras políticas más importantes de nuestro tiempo: El contrato social.

Más de dos siglos después, la idea de contrato social sobrevuela los debates políticos. Y no es en absoluto ajena al contexto local: en la presentación de su libro Sinceramente, Cristina Fernández de Kirchner insistió con la propuesta de “construir un nuevo contrato social de ciudadanía responsable”. Algo ya había anticipado durante su presentación en el Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), cuando llamó a armar un gran frente civil y patriótico con todos los sectores agredidos por las políticas económicas de Cambiemos y a disputar la noción de orden al gobierno de Mauricio Macri.

En esta línea, una de las principales razones por las que se conformó el binomio opositor Fernández-Fernández fue la necesidad de construir unidad no sólo para ganar, sino sobre todo para gobernar. Y en ese sentido es que se impone la tarea de elaborar un nuevo acuerdo social que pueda garantizar ambos objetivos.

Alberto Fernández expresa la necesidad histórica de múltiples sectores de la sociedad argentina de articular una respuesta al proceso político iniciado con la asunción de Mauricio Macri. Este colectivo contiene a una amplia pluralidad de identidades políticas, siendo la diversidad lo que marca su pulso. La candidatura misma de Alberto Fernández abre la posibilidad de ampliar los consensos y de generar renovadas narrativas de futuro.

Como todo proceso político, se inscribe en un contexto determinado. En este caso, caracterizado por la heterogeneidad. Esto significa que no existe una mayoría social uniforme y constante, configurada con base en procesos sociales estables, sino una serie de sectores a convocar; por eso, esta vez no se trata de construir una mayoría popular homogénea, sino de transformar minorías dispersas en nuevas mayorías. Atravesamos una época de desapego a las tradiciones, en la que los individuos ya no se guían por las estructuras organizativas clásicas, sino que se mueven como sujetos flexibles, desterritorializados y en tránsito entre la virtualidad y la realidad. En las sociedades tradicionales, el pensamiento mágico y la religión brindaban ciertas seguridades frente a los riesgos. En las sociedades modernas, esa función la ejercía la ciencia. En cambio, en las sociedades postindustriales, ni el Estado ni la religión ni la ciencia son garantías de estabilidad. La globalización supuso además un fuerte proceso de individualización, un debilitamiento de los lazos colectivos y la erosión de estructuras primarias como la familia.

Zygmunt Bauman habla de la “modernidad líquida” para dar cuenta de este momento de la historia en el que realidades sólidas que antes podían proveer estabilidad, como el trabajo o el matrimonio, se desvanecen: el vértigo, la ansiedad, los compromisos pasajeros, la flexibilidad, la fluidez y la desenfrenada búsqueda de la satisfacción más inmediata son algunas de las características de esta etapa.

Las transformaciones en el funcionamiento del capitalismo son la base de estas nuevas subjetividades forjadas en la precariedad y la inseguridad. En ese sentido, es posible hablar de hipermodernidad: una aceleración de los tiempos, con individuos que portan demandas hiperfragmentadas, que se apilan en centros urbanos y que conviven cada vez más próximos aunque, paradójicamente, las distancias sociales se profundicen cada vez más, en una suerte de soledad en masa.

Estas transformaciones también implicaron una resignificación de la subjetividad, los deseos y las formas de concebir el mundo de los sujetos sociales. Las revoluciones en el campo de la tecnología y la informática, los desplazamientos en los modos de acumulación del capital y la globalización en tanto metarelato de horizonte político e ideológico, son algunas de las claves que explican los cambios en la forma de percibir y autopercibirse. Si vivimos en una sociedad de riesgo, con personas que luchan día a día contra esa incertidumbre estructural, entonces uno de los principales objetivos del acuerdo social será recuperar esa seguridad perdida a partir de la confianza, el cuidado y la predictibilidad. ¿Pero qué significa un acuerdo responsable, situado en este aquí y ahora? ¿Se limita acaso a restituir el orden vulnerado por una ceocracia que desestabilizó la vida de los argentinos y argentinas y sólo nos trajo incertidumbre y vértigo? ¿O, por el contrario, remite a un orden constituyente capaz de dar vuelta la página de esta noche neoliberal, con una perspectiva renovada y transgresora? ¿Cómo tendrá en cuenta este acuerdo social a los nuevos emergentes, a los sujetos sociales que confrontan con las formas de desposesión actuales y resisten la precarización estructural de la vida?

Podríamos seguir enumerando preguntas y, posiblemente, las conclusiones a las que arribemos sean frágiles e inconsistentes. Básicamente porque es un concepto en disputa, cuyo resultado dependerá de la correlación de fuerzas dentro del bloque histórico popular y de cómo se desarrollen sus tensiones creativas.

También podríamos dejar de pensar en el acuerdo y concebir múltiples acuerdos, según una noción de pluralidad y multiplicidad distinta. En este caso, habría acuerdos que disputarían entre sí para ocupar la posición de el acuerdo. En el abanico de opciones de acuerdo, las alternativas serían muy diversas: conservadoras, reformistas, instituyentes, instituidas, transformadoras, tradicionales, incluyentes o excluyentes.

En este punto, se podría pensar en dos dimensiones: un acuerdo para ganar y uno para gobernar. Si asistimos a una época en la que las demandas de la sociedad civil están hiperfragmentadas, entonces lo mejor sería que un proyecto popular pueda dar vía libre a lo que cada quien asuma como su propio acuerdo. De esta suma de acuerdos parciales debe formarse el acuerdo, pero no como un todo que sintetiza a las partes; no como una mayoría homogénea que sustituye lo específico. Se tratará, más bien, de demandas que deberán encontrar sus equivalentes en una alternativa plebeya que haga de la heterogeneidad su razón de ser.

La propuesta consiste en alcanzar un acuerdo social que contemple las subjetividades contemporáneas, que ponga a la individualidad en el centro de la escena para combatir al individualismo, que logre que el deseo y las formas de identificar el progreso individual no sean tabúes en un proyecto popular.

*Politólogo (UBA), integrante del Grupo Callao y Agenda Argentina **Sociólogo (UBA), director del Centro de Pensamiento Génera e integrante de Agenda Argentina

Este artículo anticipa algunas ideas incluidas en un artículo del libro Hablemos de ideas. Una nueva generación piensa cómo gobernar una Argentina que cambió, compilado por los autores junto a Cecilia Gómez Miranda, que será publicado en breve por Siglo XXI editores.

FUENTE: Motor Económica.

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