Por Ricardo Tejerina

La muerte no nos hace mejores, esto es cierto. La muerte no cambia el pasado, no modifica las acciones, no hace que aquellas cosas que sucedieron o no sucedieron sean alteradas. Pero la muerte si nos produce una sensación, muchas veces de reconciliación sin que haya argumentos suficientes para que esa reconciliación se produzca, porque en definitiva es la instancia terminal donde nos encontramos todos, y donde todos sabemos que vamos a acudir por esa suerte de perdón, de encuentro y en definitiva de reconciliación con todas aquellas cosas que nos habían distanciado, separado, en algunos casos ofendido, en otros lastimado.

La muerte de Maradona, en mi opinión, es tal vez uno de los hechos más singulares de la historia contemporánea. Es la desaparición física del último de los grandes héroes del deporte, entendiendo el deporte como una elite, como un campo de batalla simbólico, donde se juegan y se dirimen expectativas que trascienden la justa deportiva.

La épica de Maradona es inigualable. No hay nada ni nadie que pueda igualar semejante epopeya. En el año 1986, cuando Maradona levanta el puño en el estadio Azteca, su puño camuflado golpea la pelota frente a la salida de un arquero inglés y se introduce en el arco, ese puño estaba compuesto por millones de puños de argentinos que lo vivimos de maneras distintas, pero está claro que en el puño de Maradona estábamos todos nosotros. Del mismo modo que en la carrera desenfrenada partiendo desde la mitad de la cancha eludiendo rivales y que como un héroe mitológico cargaba una bandera de reivindicación de un pueblo, que era el nuestro, que sufría horriblemente por Malvinas. Y ustedes y muchos dirán, pero ¿qué tiene que ver Malvinas con el fútbol, Maradona, el estadio Azteca y los ingleses? Y bueno, tiene que ver justamente con todo eso. Porque en esa carrera desenfrenada hacia el arco rival, Maradona llevaba la reivindicación de todos los argentinos, y eso trasciende absolutamente lo que es el fútbol. Trasciende absolutamente lo que es el deporte. Es en definitivamente un embrujo místico. Es en definitiva un proceso de vinculación interior a partir de la carrera de un hombre que corre justamente hacia la gloria y hacia una gloria compartida que saca del pozo de la desazón, de la decepción, de la humillación, a millones de compatriotas; y entonces demuestra que esa acción que se libra dentro de un campo de juego, en definitiva, se está librando en el tiempo y en el espacio de lo eterno, y es eterno.

Si bien entonces la muerte no nos hace mejores, lo que es seguro es que tampoco nos hace peores, y está claro que por inmensas razones y por tantísimos hechos no hay nadie que haya podido hacer lo que Diego hizo por este pueblo tan sufrido. Después, por supuesto, vendrán sus páginas más oscuras, vendrán las decepciones y las desazones más grandes. Después, por supuesto, vendrán todas las cuestiones que no pararemos nunca, incluso, de mencionar y de designar que hacen al Maradona pedestre, al Maradona subterráneo, al Maradona de los pantanos, al Maradona que anda por debajo de la línea de flotación y le da empellones a los cascos de los barcos.

Yo creo que Maradona no murió hoy, 25 de noviembre. Yo creo que Maradona murió allá por el año 1994 cuando salía de la cancha en los Estados Unidos de la mano de la asistente médica rumbo al control antidoping, cuando en aquella oportunidad los argentinos nos anoticiamos con esa frase terrible que me cortaron las piernas, nunca vi un país, un pueblo, una ciudadanía tan triste, tan conmocionada, tan erosionada en su fibra más óptima. Eso lo produjo Maradona y creo que ese fue el día que murió Maradona. Hoy, tal vez se fue físicamente de la tierra. El dolor lo tenemos todos nosotros hace 26 años.

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