A veces pienso que los recuerdos deberían redondearse, llevar a algo. Pero no llevan a nada. Son escenas que se repiten y se multiplican, unas llevan a otras.

por JORGE AULICINO

Me acuerdo de una foto de uno de mis tíos –de parte de madre– y de otro hombre parados frente a un auto redondo de la década de los cincuenta. Usaban bigotes a lo Clark Gable. Mi tío era mecánico y usaba un mameluco blanco. En la década de los cincuenta mi tío tenía unos cuarenta años, no más. Pero parecía en la foto terriblemente adulto. Eso me parecían los adultos cuando los miraba de chico. Terriblemente adultos. Hoy serían unos pibes de treinta y pico. Muchachos. Lo raro es que cuando miro la foto me siguen pareciendo “terriblemente adultos”. ¿Se superpone mi impresión infantil, o a los treinta, cuarenta años, los hombres no eran chicos grandes sino terribles adultos?

Papá también usaba bigote a lo Clark Gable, pero era bajo, moreno, mediterráneo. Tenía linda estampa pese a su baja estatura. Y perdía los estribos con extrema facilidad meridional. Se recomponía enseguida. Cuando tenía más de ochenta seguía experimentado esos cambios de humor. Me acuerdo de una vez que fui a buscarlo para llevarlo al médico. Era un viaje largo, y yo iba a buscarlo con el auto. Se resistía siempre y discutía, casi fuera de sí. Esa mañana también discutió y me sacó de las casillas. Pero un segundo después de que nos gritáramos de todo, subió una vecina al ascensor y el humor de mi progenitor se tornó mágicamente seductor y picaresco. Solía ser muy seductor. Decía el piropo con ese dejo burlón que le ponían los porteños: “¡Pero qué buena moza está hoy!”, y la vecina se ponía colorada y a veces respondía, también un poco burlona: “¡Ay, Rafael, a cuántas les dirá lo mismo!”.

Papá vivió con su segunda esposa (mi segunda madre) en un edificio de la década los setenta, en la calle Fray Cayetano Rodríguez, en Flores, las últimas décadas de su vida. El edificio quedaba justo en la desembocadura de Méndez de Andes, que allí se cortaba. En Méndez de Andes había nacido Roberto Arlt. En la esquina, enfrente del edificio de mis padres, había vivido Carlos Guido y Spano, el que escribió aquello de “Qué me importan los desaires con que me trata la suerte, argentino hasta la muerte, he nacido en Buenos Aires”. El último recuerdo que tengo de ese caserón es que tenía las ventanas y la puerta tapiadas con ladrillos. Al lado, por Méndez de Andes, vivía la cantante María Graña.

Nací en Ciudadela, provincia de Buenos Aires. Vivimos allí hasta el golpe de 1966, cuando mi viejo decidió que la casa era demasiado conocida por la policía. Mi viejo había sido delegado en una fábrica textil. Era comunista. Durante el plan Conintes había venido la policía. Mi viejo se escapó por el fondo. Un policía llegó a verlo y exclamo: “¡Allá va alguien!” El inspector que conducía el allanamiento le dijo: “Déjese de macanas, hombre”. Eran otros policías, otro país, otra historia. En la casa chorizo de mi abuela vivimos nosotros y uno de mis tíos, con su familia, por turnos, hasta que mi abuela demolió la casa chorizo y construyó tres departamentos para sus hijos. Pero mi viejo se mudó igual.

Mi tío tomaba el tren para ir a su taller mecánico, en el Once. Volvía vestido de la misma manera al atardecer, con la sexta de La Razón bajo el brazo. De grande, pensé cuánto tiempo le llevaría lavarse, sacarse la grasa, y volver a ponerse la camisa, la corbata, el saco, el sobretodo…

Mi tío fumaba cigarros, a veces pipa, y no se metía en posibles conflictos de familia. Cuando le compré a un primo mi primer auto, un Peugeot 404 bastante baqueteado, a comienzos de los 80, se lo llevamos a mi tío a su casa, era sábado. Él no quiso salir para revisarlo. En la calle, mi primo puso el motor en marcha con un rugido. “El motor está bien, ¿no lo oís?”, me dijo. Y volvió a su cigarro y a la lectura del diario.

Mi abuelo, el padre de mi papá, era italiano, hablaba lucano, y cuando estuvo muy viejo flotaba en un mar propio, lejos, pero no parecía sufrir. Más bien tenía una expresión plácida detrás de su terrible bigote blanco. Era de baja estatura, como mi viejo, pero de ojos celestes. Durante toda una cena de Fin de Año se la pasó repitiendo el final de un chiste que pocos conocíamos: “¡Lecherooo!“, decía, y se reía solo.

A veces pienso que los recuerdos deberían redondearse, llevar a algo. Pero no llevan a nada. Son escenas que se repiten y se multiplican, unas llevan a otras. Mis tíos iba a la costa en verano. Yo no conocí el mar hasta los 14 años. Mi tía se había comprado en Mar del Plata un costurero cubierto de caracoles. Esos caracoles fueron para mí la primera señal de que el mundo se extendía más allá de Ciudadela y tenía cosas misteriosas. El rancho del vendedor de copos de azúcar, a la vuelta de mi casa, no era el único misterio. El nácar me hizo pensar en un lujo de la naturaleza. Y la palabra nácar me gustó.

A veces pienso que los recuerdos deberían redondearse, llevar a algo. Pero no.

Nació en 1949. Es poeta, y trabajó toda la vida como periodista, sobre todo en el Diario Clarín, donde dirigió el suplemento de Espectaculos y la Revista Ñ. Por su trabajo como poeta, ganó el Premio Nacional de Poesía.

 

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